Se cuenta en el lugar—casi no queremos creerlo—que cuando está don Alvaro muy mal y siente físicamente muchos dolores arma tan incesante y fatigosa retahíla de «ta, ta, ta», que aburre a todo el mundo, alborota la casa y hace que doña Inés pierda la circunspección y la paciencia que ella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido:
—Cállate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sin justo motivo te castiga. No te verías así sí no hubieras tenido una vida tan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio. Tú tienes miedo porque piensas que te vas a morir. Ya, ya; bien pesado has sido para todo y me parece que vas a serlo también para morirte.
Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: «¡Ta, ta, ta, ta, ta!», el noble corazón de su esposa se enternece; y arrepentida ella de las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con cariño, y para función de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso capirotazo.
Don Alvaro sonríe consolado, y, beatificado, exclama:
—¡Ta, ta, ta, ta, ta!
Así va tirando aún el ilustre descendiente, según pretende su ejecutoria, del más heroico de los doce pares.
En cuanto a doña Inés, afirma mi amigo el diputado que está hermosa y fresca todavía, y que pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolífica, y en estos últimos años ha conseguido que los vástagos de su ilustre casa lleguen a la docena.
El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabiduría y la moderación de los Antonios en Roma.
La señora doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua ha sufrido con resignación algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la mitad. Apenas tendrá ahora doce mil reales al año. La disminución de sus rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha buscado compañía doméstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Doña Agustina, además, se manifiesta muy ufana de haber vencido la repugnancia al matrimonio de tan pertinaz solterón, y lo que es más trascendental, de haber traído al gremio de los fieles a aquel impío extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos.
A lo que se presume, desde que doña Agustina empezó a mostrársele propicia, don Policarpo discurrió sobre poco más o menos de esta suerte: