«No se comprende ni se explica cómo el proceso evolutivo del ser, aunque haya durado millones de años, por el concurso fortuito de los átomos, y por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfección, ha podido aparecer sobre nuestro planeta, después de prolongadísima serie de transformaciones, un mamífero tan primoroso y apetecible como doña Agustina, dotado, además, de claro entendimiento y de voluntad tan benigna y con el portentoso don de la palabra, que le sirve para transmitir las ideas agradables en contestación a las que salen de mi cabeza y a las voliciones de mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y sapientísima que todo lo dirige, el que posea aún el mencionado mamífero doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor, elegancia y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de la sociedad a través de los siglos para crear las leyes, para hacer que haya herencia y propiedades individuales; e implica por otro lado, según se comprende muy bien cuando se estudia la economía política, la multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes textiles, indumentarias y de curtidos de cueros, y otras mil agudas invenciones, como la división del trabajo y como el objeto que vale por sí y representa además y mide con exactitud lo que valen los otros objetos, facilitando la circulación y los cambios, sobre todo si se le añade cierto descubrimiento más sutil aún, o sea, la virtud representativa de todo lo que vale por algo que por sí vale poco o nada y que se llama crédito, difícil de adquirir, no obstante, pues yo carezco de él, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo, la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino y guió con orden su marcha por la interminable senda del progreso.»

Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente.

En aras de su amor a doña Agustina y de su renaciente fe, se cortó aquella uña maldita del dedo meñique, vara de virtudes de Satanás, y no volvió a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar cañonazos con ella.

Se cortó la uña como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de torear y se retiran a la vida privada.

Se cortó la uña despojándose de sus fuerzas taumatúrgicas y teratológicas, por obra y gracia de las tijeras de doña Agustina, que fue la piadosa Dalila de este Sansón de nuevo cuño.

Doña Agustina, sobre un fondo de raso color de púrpura, para que resaltase mejor, colocó y guardó la uña como trofeo de su victoria en un passe-partout muy bonito que colocó en su alcoba.

Por bajo de la uña quiso poner un letrero explicatorio, y rogó a don Andrés que lo pusiese. Don Andrés, que, como ya sabemos era muy erudito y que así mismo era algo guasón, recordó el cambio glorioso de Napoleón I en los últimos años de su vida, y no creyendo menos glorioso el cambio del boticario, le aplicó los versos de Manzoni y escribió de buena letra, por bajo de la uña y defendido todo por un cristal:

Bella, immortal, benéfica,
fede ai trionfi avezza,
scrivi ancor questo.

Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad de su hija y de su yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les ríe todas las gracias, hasta las más pesadas y olorosas.

Para que se críen robustos, después que los ha amamantado Juanita, Juana los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo.