Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartén en las casas más principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los gastrónomos.
El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con la esperanza de su tránsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus discretas razones.
Doña Inés, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mística que es y por la mucha teología que sabe.
Por último, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las noticias que de Antoñuelo se tienen en el lugar. Allá en el Río de la Plata adonde el cacique le obligó a que emigrase, se dedicó al comercio y prosperó mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por ahorrarse tres o cuatro duros, acudió con frecuencia a la Legación pidiendo que España reclamase diplomáticamente en su favor contra mil agravios y danos que del Gobierno argentino había recibido, y que exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una indemnización muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala reputación y crédito, que consideró prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y de rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible corazón de una rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivió con tanta pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrín, acompañado de su mujer, tan ricamente vestida que parecía la reina de Saba, que se empeñó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y acabó por tener más deudas que pelos en la cabeza.
A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora partidario de la independencia de la Perla de las Antillas, y ya sueña con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Haití, aunque tenga que tiznarse con hollín; ya con más modestia, forma un plan que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces, según dice, se irá a Nueva York, se hará ciudadano de la gran República, y, nuevo Coriolano español, obligará a su ingrata patria a darle una indemnización di primo cartello. Aunque tenga que ceder a los Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de España, siempre le quedará otra quinta parte, con la cual podrá vivir como un príncipe en una magnífica casa de la Quinta Avenida. Allí brillará su morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton, como la más ilustrada talkative y funny inglesita.
De la fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribe
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibe.