—Caramba, hombre—dijo Juanita—, mire usted por dónde va y no camine a ciegas; por poco me tira el cántaro.
Don Paco, que conoció a Juanita por la voz, contestó con mucha dulzura:
—¡Perdona, hija mía! ¿Te he hecho daño? Ella, que también conoció a don Paco en seguida, replicó riendo:
—¿Qué daño me ha de haber hecho usted? Pues qué, ¿soy yo acaso de alfeñique?
—No, hija. Bien sólida y firme me pareces. Si en algo eres de alfeñique, no es por lo quebradiza, sino por lo dulce.—Entonces seré turrón de Alicante: dulce, pero duro.
—Y vaya si me ha parecido duro.
—Si advirtió usted dureza, hablará sólo de su dulzura por adivinanza.
—Pues qué, ¿no podría yo probarla?
—Ya está usted viejo, don Paco, y no podría meterle el diente.
—Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, y tengo los dientes tan cabales y fuertes, que si se tratase de mordiscos, hasta en una piedra los daría. Pero yo no quiero emplear contigo sino más blandas y amorosas demostraciones.