—¡Ea, quite usted allá, señor don Paco! ¿Qué demostraciones ha de hacer usted, si puede ser mi abuelo?
Y como don Paco seguía plantado delante atajándole el camino, Juanita continuó:
—Vamos, déjeme usted pasar. Si parece usted un espantajo. ¿Qué diría la gente si le ve y le oye hablar aquí y requebrar en la oscuridad a una mocita? Capaz será de decir que ha perdido usted la chaveta y que no sirve para secretario del Ayuntamiento y consejero de don Andrés.
Don Paco se apartó entonces y dejó pasar a Juanita; pero en vez de dirigirse hacia la fuente, se volvió, siguiéndola, hacia el lugar.
—¿Qué hace usted, señor? ¿Por qué no va a su tertulia? Todavía están en los poyetes el señor cura, el boticario y el escribano. Váyase usted a hablar con ellos.
—Ya es tarde, pronto se volverá y desisto de ir hasta allí. Prefiero volver charlando contigo.
—¿Y de qué hemos de charlar nosotros? Yo no sé decir sino tonterías. No he leído los libros y papeles que usted lee, y como no le hable de los guisos que mi madre hace o de mis bordados y costuras, no sé de qué hablar a su merced.
—Hablame de lo que hablas a Antoñuelo cuando estás con él de palique.
—Yo no sé lo que es palique, ni sé si estoy o no estoy a veces de palique con Antoñuelo. Lo que sé es que yo no puedo decir a su merced las cosas que a él le digo.