—¿Y qué le dices?
—¡Pues no quiere usted saber poco! Ni el padre Anselmo, que es mi confesor, pregunta tanto.
—Algo de muy interesante y misterioso tendrá lo que dices a Antoñuelo, cuando ni al padre Anselmo se lo confiesas.
—No se lo confieso porque no es pecado, que si fuera pecado se lo confesaría. Y no se lo cuento tampoco, porque a él no le importa nada, y a usted debe importarle menos que a él.
A todo esto, como iban a buen paso ambos interlocutores, habían ya subido la cuesta y se hallaban en el altozano, a la entrada del lugar, donde están la iglesia parroquial y las primeras casas.
—Déjeme su merced ahora—dijo Juanita—y no venga, con perjuicio de su autoridad, acompañando a una chicuela que lleva un cántaro. ¡Pues no se enojaría poco la señora doña Inés, que tiene tantos humos, si viese a su señor padre sirviendo de escolta, no a una princesa como ella, sino a una pobrecita trabajadora!
—¿Qué había de decir? Diría que yo te estaba encomendando algún trabajo.
—No es ésta hora ni ocasión para eso, y, por otra parte, no es a mí, sino a mi madre, a quien los trabajos se encargan. Acuda usted a ella si algo quiere encargar.
Y diciendo esto, apresuró el paso, hizo a don Paco un gesto imperativo, marcándole la calle por donde debía irse y ella se fue por otra que formaba ángulo recto con la que don Paco debía seguir.