VIII
Mucho caviló don Paco sobre aquel diálogo, midiendo e interpretando la palabras de Juanita.
Le había llamado abuelo, pero con amable risa. Todos los hombres, abuelos y nietos, solemos prometérnoslas felices y casi siempre nos inclinamos a dar la más favorable interpretación a cuanto dicen las mujeres que pretendemos.
No se podía dudar, por ser cuestión de una ciencia tan exacta como la aritmética, que él hubiera podido ser el abuelo de Juanita. Don Paco hacía este cálculo:
—Yo tengo cincuenta y tres años. De diecisiete a cincuenta y tres van treinta y seis; a los diecinueve años bien pude yo haber tenido una hija, y esta hija bien pudo haberse casado y tener a Juanita a los diecisiete.
Después sumaba don Paco:
—Diecinueve más diecisiete, más otros diecisiete que tiene Juanita ahora, son cincuenta y tres, que es mi edad; luego muy descansadamente pudiera ser yo el abuelo de esa pícara muchacha. Eppur, si muove—proseguía, pues era hombre erudito hasta cierto punto, sabía un poco de italiano porque había oído cantar muchas óperas y conocía las palabras que se atribuyen a Galileo, así como varias otras sentencias expresadas en la lengua de Dante; verbigracia: Chi va piano, va sano e va lontano.
La primera sentencia, aplicada a su situación, quería significar que él, a pesar de poder ser el abuelo de Juanita, quería y podía ser otra cosa muy diferente; y la segunda sentencia, que también recordaba don Paco, quería significar que él debía ir con tiento, con pies de plomo y sin precipitarse, porque no se ganó Zamora en una hora y porque la muchacha no era muy arisca en el fondo, ni, probablemente, tan firme y dura de entrañas como, merced al encontrón que había tenido con ella, le constaba que era de firme y dura en su juvenil superficie. Además, las esperanzas, lejos de desvanecerse, crecían en su pecho, hallándose más inverosímil abuelo que inverosímil amante. Para corroborar esta lisonjera afirmación, se contemplaba don Paco en el espejo en que solía afeitarse, el cual, aunque era pequeño, no lo era tanto que no reflejase casi toda su persona. El exclamaba al verla, como el pastor Coridón de Virgilio o como el Marramaquiz, de Lope:
¡Pues no soy tan feo!
Y, verdaderamente, no era feo don Paco, ni parecía viejo tampoco.