—¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo se conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer. Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que tú desees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes más que Lepe.
—¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que nones?
—¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar la píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Tú irás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecen garrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en desuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo no escribo sino las cuentas.
—Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yo te la iré dictando.
—Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antes de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con la almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo. Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré, aunque me pese, lo que tú me digas.
Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por mucho que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo, según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y verdadera historia, hemos de consignar aquí.
La carta decía como sigue:
Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que
usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos