¿Qué criatura mortal podía aparecer a aquellas horas y en tan apartado sitio?

El bandido, no obstante, se recobró del susto y acudió a la defensa.

Echó mano del trabuco, que tenía en un rincón de la estancia, y fue al cuarto contiguo, donde había caído la puerta y estaba la entrada.

Allí apenas se veía, porque la única luz era la de un candil atado en la otra estancia a una tomiza que pendía de una viga del techo; pero el de la carátula vio el bulto de un hombre que se precipitaba sobre él, y le dijo:

—¡Tente o mueres!

Y le apuntó con el trabuco.

Todo ello fue con rapidez maravillosa. Don Paco estaba ya casi encima del bandido, y al mismo tiempo que éste disparaba, le sacudió tan tremendo garrotazo en el brazo izquierdo, que le hizo soltar el arma y dar con ella en el suelo.

El tiro salió antes, pero torcida ya la dirección, las postas, sin tocar a don Paco, fueron a agujerear el muro.

El de la carátula retrocedió para evitar nuevo golpe, y aunque magullado por el que había recibido, sacó de la faja que rodeaba su cintura una truculenta navaja de Albacete, de las de virola y golpetillo, de las que llevan la inscripción: