Si esta víbora te pica
no hay remedio en la botica;

la abrió con el temeroso ruido que produce la rodaja al encajar en el muelle, y se lanzó otra vez sobre su adversario; pero el bandido estaba ya falto de serenidad y quebrantado por el dolor del primer golpe. No supo ser certero y en balde abanicó el ambiente con su mortífero instrumento.

Don Paco, sereno y decidido, se apartó a un lado, brincó y salvó el bulto y sacudió otra vez tan fiero garrotazo en los lomos del de la carátula, que le hizo caer en el suelo boca abajo.

Tendido ya en el suelo el bandido, don Paco se ensañó algo, y sin compasión le dio cuatro o cinco palos más.

Como no se quejaba ni rebullía, don Paco le creyó muerto. Se agachó, no obstante, con precaución y le quitó de la mano la navaja.

En seguida llegó don Paco a donde estaba don Ramón, que le reconoció, y con viva efusión le dio las gracias.

Don Paco desató el cordel que mantenía a don Ramón amarrado.

—Alúmbreme usted con el candil—le dijo—. Voy a ver si ha muerto ese hombre.

A la luz del candil se llegó don Paco al que estaba boca abajo tendido por el suelo y le puso boca arriba. La carátula se le había caído.