—¿Cómo fué eso?—preguntó Serafinito.
—El cañaveral—respondió D. Juan,—está ahora como á principios del siglo presente, cuando tenía yo diez años ó menos. Yo era entonces tan ignorante, que más no podía ser: no sabía leer ni escribir, ni tenía idea cierta de nada. Me figuraba el cielo como una media naranja de cristal, donde estaban clavadas las estrellas á manera de clavos, y por donde resbalaban la luna, el sol y algunos luceros, movidos por ángeles ú otras inteligencias misteriosas. En el seno de la tierra suponía yo un espacio infinito; unas cavernas sin término, un abismo sin límites, lleno de diablos y condenados; y más allá de la bóveda celeste, otro infinito de luz y de gloria, poblado de santos, vírgenes y ángeles, y donde había perpetua música, con la que se deleitaban el Padre Eterno y toda su corte. Según la creencia general de los de mi pueblo, estaba yo persuadido de que precisamente encima de Villabermeja, que es donde más se eleva la bóveda azul, estaba el trono de la Santísima Trinidad. La música celestial era allí mejor que en ningún otro confín de los cielos; y yo me recogía en el silencio de las siestas, y me retiraba al cañaveral, y cerraba los ojos, y reconcentraba todos mis sentidos y potencias á ver si lograba oir algo de aquella música, que no imaginaba muy distante. Á tal extremo llegó mi entusiasmo, que pensé oirla algunas veces. Yo era aficionadísimo á la música, y si mi manía de ver mundo y mi vida agitada de marino y de comerciante lo hubieran consentido, quizás hubiera sido un excelente artista. Lo cierto es que un día corté una caña del cañaveral; hice varios canutos, y á fuerza de pruebas y tentativas, ya horadando con mi navajilla los canutos de un modo, ya de otro, acerté á dar su justo valor á cada nota, y logré formar una acordada y sonora flauta, con la que tocaba cuantas canciones había oído, y muchas sonatas que se me figuraba que no había oído jamás en el mundo, porque las inventaba yo mismo ó eran como reminiscencias vagas de la música del cielo que había logrado oir en mis arrobos. Mi invención de la flauta y mi habilidad para tocarla fueron muy celebradas en todo el lugar, y me valieron un millón de besos de mi pobre madre. Consideren ustedes ahora si, teniendo éstos y otros recuerdos aquí, no me han de parecer Villabermeja y sus alrededores más hermosos que todas las zonas habitables del globo terráqueo.
Nada tenía que replicar á esto Serafinito, más convencido que el propio D. Juan de todas las excelencias de Villabermeja. Sólo yo replicaba; pero D. Juan Fresco me sellaba los labios con nuevos argumentos, en los que aparecía un carácter poético que jamás había yo sospechado en aquel hombre.
En vista de esto, dí otro giro á la conversación diciendo á D. Juan:
—No quiero disputar más con V., y doy por valederas y firmes las razones que alega, á pesar de ser tan sofísticas. De lo que me permitirá V. que hable es de la extrañeza que me causa ver á usted lleno de un sentimentalismo tan subido de punto y de tantas ilusiones poéticas, impropias de un positivista.
—Paso por lo del sentimentalismo—replicó don Juan.—Jamás he presumido de tener el alma de alcornoque, si bien no me jacto tampoco de tierno de corazón. En lo que no convengo es en lo de las ilusiones. En mi vida tuve ilusiones, ni quise tenerlas, ni me he lamentado de esta falta, ni he llorado el haberlas perdido. Nada me repugna tanto como las ilusiones.
—¿Cómo que no tiene V. ilusiones? ¿Pues acaso no se apoya un poco en ilusiones su amor de V. á este lugar?
—No se apoya este amor en ilusiones, sino en realidades. Discutir sobre esto sería, con todo, volver al tema de la primera disputa, y no quiero volver. Quiero, sí, demostrar á V. que no tengo ilusiones y que me importa no tenerlas: que no hay mal mayor que tener ilusiones.
—Pues qué—dijo entonces Serafinito,—¿será un absurdo lo que dice el poeta:
Las ilusiones perdidas
Son las hojas desprendidas
Del árbol del corazón?