—El dicho del poeta no es absurdo—contestó D. Juan Fresco,—si se entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus ilusiones, las cuales bien pueden ser hojas del árbol del corazón, mas no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.

—¿Qué entiende V. por ilusiones?—dije yo.

—Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna—contestó D. Juan.—Ilusión equivale á error ó mentira. Perder las ilusiones es lo mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe deplorarse.

—Me parece que V. se contradice. ¿No nos decía V., poco há, como sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro está que, con el saber de V. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo del mismo modo.

—Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere V. que los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone á la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber yo que una ilusión es ilusión, y perderla ó desecharla, importa que la ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida es el árbol de la verdadera ciencia.

—No comprendo bien sus pensamientos de usted.

—Veamos si los comprende V. ahora. Dígame V.: el concepto de lo conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en cualquier época de la historia, anterior á ésta en que vivimos?

—Eso no se puede negar procediendo de buena fe. V. habla sólo de lo conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos lamentamos.

—Veo, pues, que V. conviene, como no puede menos de convenir, en que lo conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto conocidas.