—¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece?—repliqué yo.
—¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio, ¿no me queda campo en qué imaginar lo que guste y creer en lo que quiera?
—Al menos me concederá V. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos, cuanto imagina ó cree.
—Pues se equivoca V. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores y pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio en mi alma y se comunica con ella, ¿á qué ley de física ó de matemáticas obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia? ¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta el punto de afirmar: nadie ve ó advierte más allá? No sólo con el sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que V. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que es un mero son que agita el aire, y por medio de sus vibraciones llega á nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán otras personas? Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural, como si se conociera perfectamente la distinción, ó se marcara el término ó la raya, que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos explorado en lo extenso y en lo intenso á la naturaleza. No, amigo mío: la frontera entre lo natural y lo sobrenatural ó no existe ó está borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más infundado, por lo tanto, que llamar edades de la fe á las antiguas edades y edad de la razón á la nuestra, contraponiendo la razón á la fe, como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues, con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía ó con la fe, calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones, aunque no es la más bellaca.
—¿Cómo es eso?—dijo Serafinito.—¿Con que tener ilusiones es una bellaquería?
—Casi siempre—replicó D. Juan.
—V. habla así—dije yo,—porque llama ilusiones á las malas, y no á las buenas.
—Ya he dicho que no me ha probado nadie todavía, que esas que llama V. ilusiones buenas, nacidas de la fe, de un alto sentimiento religioso ó de una bien ordenada y discreta fantasía poética, sean tales ilusiones en lo esencial. Quedan, pues, ilusiones malas, ó dígase verdaderas ilusiones. Contra éstas combato, y afirmo que no las he tenido nunca, y que si las hubiese tenido alguna vez, no me quejaría de perderlas.
—Ponga V.—dijo Serafinito,—algunos ejemplos de esas ilusiones.
—Nada más fácil—contestó D. Juan.—Hay una señorita en Madrid, elegante, algo coqueta, no muy rica, y que ha llegado á cumplir veinticinco años sin casarse. Las ilusiones de esta señorita consistían en coger un marido rico, titulado si fuese posible, sufrido de condición, poco gastador á fin de que ella lo pudiese gastar todo ó casi todo, etc., etc. Como estas ilusiones no se han realizado, la señorita exclama á cada momento que ya no hay amor en el mundo; que pasaron los tiempos de Isabel y Marsilla y de Julieta y Romeo; que vivimos en un siglo de prosa y que ha perdido las ilusiones. Hay una dama casada con un funcionario público, cariñoso, afable, buen papá, marido tierno y enamorado; pero da la maldita casualidad de que uno de sus compañeros, quizás con menos sueldo y quizás con más intermedios de cesantía, se arregla de suerte que tiene para butacas en los teatros, y para más moños y trajes, y tal vez hasta para el palco en la ópera ó para ir á Biarritz á veranear, mientras que él trabaja que trabaja siempre, y sin salir de apuros y ahogos. La dama, que en vista del ejemplo se había forjado sus ilusiones, conoce al cabo que es imposible hacer carrera con su marido, y las pierde. Desde entonces se lamenta á cada instante de que no ha realizado su ideal, de que los maridos son monstruos ó zotes, de que la poesía del hogar doméstico no es dable en esta edad infecta en que vivimos, y de que ya no volverán á la vida Baucis y Filemón. Entra á servir en cualquiera casa una cocinera. El ama toma la cuenta todos los días, y procura, informándose de los precios, que la cocinera sise lo menos posible. La cocinera pierde entonces sus ilusiones; dice que la hidalguía, el desprendimiento, la magnanimidad de los señores bien nacidos pasaron para siempre, y que ahora vivimos en un siglo metalizado, ruín, plebeyo y cicatero. Va á Madrid un joven bien plantado, chistoso, ameno, que se viste con el mejor sastre y se pasea en la Castellana. No se enamoran de él las duquesas ni las marquesas; las ricas herederas le dan calabazas, y sólo se le muestra propicia, si acaso, la hija del ama de la casa de huéspedes donde vive. Este joven pierde también sus ilusiones, y decide que las mujeres del día no tienen más que vanidad y soberbia y carecen de corazón. Pierden, por último, las ilusiones, el coplero insufrible que presume de poeta y no haya quien lea sus versos; el periodista ambicioso que no llega á ministro; el autor dramático que es silbado; el médico que no tiene enfermos; el abogado que no tiene pleitos; el hipócrita á quien no creen sus embustes, y hasta el que juega á la lotería y no saca el premio gordo. Para todos éstos la corrupción de nuestro siglo es espantosa, la falta de ideal evidentísima, la carencia de religión horrible, y un destino ciego y perseguidor de la virtud gobierna y dispone los acontecimientos humanos.