—Infiérese de cuanto V. alega, que sólo los tunantes, torpes ó desdichados, tienen ilusiones y las pierden.

—Son los que más ilusiones tienen y las pierden—prosiguió D. Juan contestando á mi interrupción.—No niego, sin embargo, que hay multitud de personas honradas que se forjan ilusiones y que se lamentan luego de haberlas perdido; pero si no implica falta de honradez el tener cierta clase de ilusiones y el lamentar su pérdida, implica al menos falta de juicio y poca entereza de carácter.

—Aclare V. eso también con ejemplos,—dijo Serafinito.

—Voy á aclararlo. Hay una señora pobre y muy virtuosa y honesta, que sabe resistir á toda seducción, y que sufre con su marido molestias y privaciones sin cuento; pero pasan los años, no la saludan con más respeto á causa de su honestidad, porque la fama no ha de ir publicándola á son de clarín, y nadie le da joyas, ni palco, ni coche, porque eclipse á Lucrecia; de manera que sigue tan desvalida y poco considerada como antes. Aquí encaja entonces el que la buena señora empiece á rabiar, á lamentarse de que ha perdido las ilusiones, y á decir que la sociedad es un lupanar inmundo, donde sólo las malas mujeres consiguen ir en landó y vestir sedas y encajes, y adornarse con diamantes y perlas. Las ilusiones de esta señora habían consistido en creer que la virtud podría y debería traer satisfacciones de amor propio y ventajas y regalos materiales, como si la virtud, con tan vil precio, fuese verdadera virtud, y proporcionando su ejercicio lo que la señora quería, no viniese á ser prenda de los más bribones. Este segundo modo de ilusionarse es una terrible enfermedad que se apodera á veces de generosos y nobles espíritus, aunque falsos y extraviados. Consiste en rebajar las más nobles prendas y excelencias de nuestro ser buscándoles una finalidad vulgar, queriendo convertir en útil lo bello ó lo sublime. La virtud, el genio, la ciencia, la poesía, podrán ser útiles en ocasiones al individuo que los posee, pero no es su fin principal la utilidad. Es más: el que se propone sacarla de su virtud, de su ciencia ó de su poesía, deja al punto de ser sabio, virtuoso ó poeta. Para fines bajos importa emplear bajos medios: los medios elevados conducen sólo á fines que lo son también.

—Pero, ¿y el trabajo, la constancia, el valor y la economía, no son virtudes, y no son nobilísimas virtudes, y no son ellas las que procuran el bienestar material?

—Sin duda que á veces le procuran para el individuo, y siempre para la sociedad entera; pero yo hablo de otras virtudes más altas, más espirituales, y por lo mismo más fáciles de imaginar que las tiene uno sin tenerlas. De modo que en este orden de ilusiones hay dos grados: primero, el de atribuirse las tales virtudes; y segundo, el de empeñarse en que han de tener un valor en el comercio y se han de cotizar en la Bolsa.

—Según V., por consiguiente—interrumpió Serafinito,—es verdadero el refrán que dice: Honra y provecho no caben en un saco.

—Lo que yo afirmo nada tiene que ver con el refrán. El refrán es falso. En mil honrados oficios puede cualquier hombre honrado sacar provechos y no pocos. Harto me aproveché yo de la fortuna, y disto mucho de creerme sin honra. Lo que yo afirmo es que hay prendas de entendimiento y de carácter, y obras humanas de tal excelsitud, que no miran al provecho, ni pueden ni deben pagarse; y condeno las ilusiones de los que poseen ó creen poseer esas prendas y obrar esas obras, y piden la paga y se desesperan porque no la reciben. Coincide con esto, en la mente de los así ilusionados, un concepto pueril del orden del mundo y de la Providencia divina, la cual ha de estar siempre premiando al bueno y castigando al malo, y disponiendo las cosas de suerte que lo pasemos muy bien. Los que así discurren están de continuo pleiteando con Dios y pidiéndole cuenta de todo. ¿Para qué me criaste? ¿Por qué he de morirme? ¿Por qué me he de poner viejo? Esta muela, ¿por qué me duele? Este mosquito, ¿por qué pica y arma una música tan molesta? ¿Por qué las perdices no se vuelven todo pechuga? ¿Por qué ha de tener el jamón menos magras que tocino y hueso?

—Vamos—dije yo sonriéndome,—lo que deduzco de todo es que á mi amigo D. Juan le ha pasado algo desagradable con alguien que tenía ilusiones ó que se lamentaba de haberlas perdido, y por eso declama tanto contra el tener y perder ilusiones.

D. Juan Fresco puso una cara tan grave al oir mis palabras que me pareció otro; puso una cara hasta melancólica, y exclamó dando un suspiro: