—Es verdad: algo desagradable, y más que desagradable, me ha pasado. ¡Malditas sean las ilusiones! ¡Infeliz doctor Faustino!
No bien pronunció este nombre, Serafinito, que ya estaba muy cabizbajo y triste, se echó á llorar como un niño de siete años.
Aumentada con esto mi curiosidad, pregunté á D. Juan quién era el doctor Faustino, que tan dolorosos recuerdos suscitaba.
D. Juan entonces prometió contarme la historia del mencionado doctor, y cumplió su promesa, no estando presente Serafinito para que no llorase.
La narración de D. Juan Fresco, arreglada luego á mi modo, es la que voy á referir; pero entiéndase que no pretendo probar, al referirla, ninguna tesis contraria á las ilusiones.
D. Juan Fresco sigue su opinión y yo la mía, que aquí no es del caso.
Yo, terminada esta introducción, me retiro de la escena donde me he entrometido como personaje secundario, y me limito á mero narrador de los sucesos.