Precipitadamente tomó el Doctor el sombrero, salió al patio, abrió la puerta que daba al zaguán y quitó la tranca que defendía la puerta exterior. La llave, por fortuna, estaba puesta. Abrió la puerta exterior y fué corriendo en busca de su inmortal amiga, que debía estar aún á pocos pasos de distancia.

Eran las tres de la mañana. No había un alma en las calles. El Doctor las pasó y examinó todas dos ó tres veces. Dió vuelta á la iglesia y al castillo; saltó por cima de las tapias del corralón, y hasta en aquella mansión de los muertos buscó á su inmortal amiga. Todo fué en balde. Parecía que se la había tragado la tierra.

Pensó luego el Doctor si estaría en el campo, y salió al campo, y anduvo por los caminos sin saber dónde iba, hasta que despuntó la aurora.

Las campanas tocaron á misa primera, y el Doctor se decidió á oir aquella misa. Quizás vería en la iglesia á la mujer misteriosa, como la había visto la niña Araceli.

Tampoco vió en la iglesia á la mujer misteriosa.

El Doctor estaba tan inconsecuente, tan fuera de sí, tan otro, que, á pesar de su impiedad filosófica, hizo por modo extraño algo como oraciones y súplicas al Jesús Nazareno, de que era hermano mayor, y al santo pequeñito, patrono del pueblo, á ver si le ayudaban á dar con su inmortal amiga. Los poderes sobrenaturales fueron sordos á la voz del Doctor y no le mostraron lo que buscaba.