Una sola bujía alumbraba el salón en que se hallaba. La luz iluminaba apenas los retratos de los ilustres Mendozas. Todos ellos eran menos que medianos, salvo el de la coya. El Doctor los miró casi con ira, porque le habían dejado un nombre y no le habían dejado riqueza. Tuvo gana de pegarles fuego. También pensó llevárselos á Madrid y ponerlos en un baratillo, á ver si los compraba algún usurero ó algún publicano que quisiera ennoblecerse y tener ascendientes, prohijándolos, ó mejor dicho, propadrándolos. Pero ni esta esperanza le daban sus ascendientes. ¿Qué publicano ó qué usurero es tan tonto en el día, que busque ascendientes y no vea en sus contratas y suministros títulos de sobra para tener todos los títulos? Y no sin razón, pensaba el Doctor. Desechadas mil preocupaciones, no había de conservar él la menos filosófica: la de la nobleza. Ya que había renegado de todo, se empeñó en renegar hasta de su casta.—Vosotros—dijo á sus ascendientes,—no valíais más acaso que el contratista que funda hoy su nobleza.

El largo insomnio había excitado de tal suerte sus nervios, que el Doctor, en aquella soledad, en el silencio de la noche, con la luz de una sola bujía que, iluminando muebles y cuadros, formaba mil sombras caprichosas en las paredes, imaginó que todos sus ascendientes ofendidos se destacaban de los marcos y caminaban contra él deslizándose como espectros. Hasta la coya se reía entre compasiva y burlona. El ambiente se hizo sofocante, como si respirasen allí todos los personajes de los retratos, vueltos á la vida, y como si su respiración fuese de fuego. El Doctor tuvo calor y frío á la vez; pero no tuvo miedo sino de volverse loco. Hubiera sido indigno de un filósofo suponer que retratos pintados habían de echar á andar para darle un susto ó embromarle de alguna manera.

El Doctor, no obstante, fué hacia la ventana, que estaba cerrada, aunque era á principios de Mayo, y para respirar el aire libre abrió de par en par maderas y cristales.

El sitio á donde daba la ventana que abrió el Doctor era poco risueño. En primer término, la calle solitaria y sin salida. Las tapias del corralón que servía de cementerio, enfrente. Y á la derecha, uno de los torreones cilíndricos del castillo, sobre el cual se apoyaba la casa. Más allá de las tapias del corralón se levantaban los muros de la iglesia, y se veía un poco del arco y pasadizo que con el castillo la une. Antes del arco formaba la casa un recodo. La luna llena iluminaba la calle, sin gente y sin más ruido que el formado por un viento manso, que doblaba la larga yerba que crecía en la misma calle y encima de las tapias del corralón.

En nada de esto se fijó el Doctor al abrir la ventana. Otro objeto más importante absorbió toda su atención en el momento. Frente por frente de la ventana, junto á la tapia del corralón, iluminado el rostro por la luz de la luna, inmóvil como una estatua, con dolorosa expresión en el semblante, tal vez con lágrimas en los hermosos ojos, vió el Doctor á una mujer alta, delgada, vestida de negro, y creyó reconocer á su inmortal amiga.

—¡María! ¡María!—exclamó; pero no le respondió la mujer. La mujer echó á andar hacia el arco.

—¡María!—dijo el Doctor de nuevo.

Entonces creyó notar en todo el cuerpo de la mujer un temblor, un estremecimiento nervioso; pero ella ni contestó ni volvió la cara.

De buena gana se hubiera el Doctor lanzado á la calle para perseguir á su visión. La gruesa reja de hierro que tenía la ventana impidió la realización de su deseo.

¡María!—dijo el Doctor por tercera vez; y entonces dió la vuelta á la esquina la mujer vestida de negro y el Doctor la perdió de vista.