El remedio de la tétrica filosofía del Doctor, ¿era el mismo de que hablaba el lacayo de Lope? En gran parte, sí. El Doctor tenía la ingenuidad de confesárselo, si bien la confesión le humillaba y vejaba. ¿Por qué un alma tan grande como la suya se conmovía y trastornaba por cosa tan accidental y de poco valer? Porque el Doctor quería ir á Madrid, darse á conocer, brillar, hacerse famoso, y sin algún dinero no podía lograrlo.
El Doctor procuraba consolarse de no ir á Madrid; procuraba desistir de sus sueños de ambición y de gloria. Entonces se hacía un argumento ó discurso parecido al que hizo no recordaba bien qué sabio á Pirro, rey de Epiro, que se desvelaba é inquietaba, ansioso de conquistar el mundo.—Conquistaré primero toda la Grecia, decía Pirro.—¿Y después? preguntaba el sabio.—Después la Italia.—¿Y después?—El Asia menor y la Persia, y la Bactriana y la India, y, por último, toda la tierra.—¿Y después?—volvía á preguntar el sabio.—Después me reposaré triunfante y seré dichoso.—Pues haz cuenta que ya lo conquistaste todo: sé dichoso y repósate.
Este coloquio, si tenía fuerza para convencer á Pirro, que al fin soñaba con la conquista del mundo, mayor fuerza debía tener para el Doctor, quien, en sus mayores raptos ambiciosos, ni soñaba ni podía soñar sino con ser, por unos cuantos meses,
Uno de los cien Ministros
Que al año vienen y van,
en un país que, lejos de conquistar los otros, no sabe conquistarse á sí mismo.
Algo más tranquilo el Doctor después de este razonamiento, pensó en dedicarse á la vida contemplativa, desechar la práctica por la teoría. ¿No está acaso en la teoría la suprema felicidad y el verdadero fin del hombre? El universo podrá estar mal, si se atiende al bien de los seres que le pueblan. La vida será un triste presente: el dolor físico y el dolor moral quedarán inexplicables. De todo esto prescindía el Doctor por lo pronto. Pero ¿cómo negar el grandioso espectáculo que nos ofrece esta máquina del mundo? ¿Cuánto no queda aún por descubrir, por investigar y hasta por ver en dicha máquina, así en las partes como en el conjunto? Y no sólo en lo que es ahora, sino en lo que ha sido y en lo que ha de ser. ¿Qué origen tuvo todo ello? ¿Cuál será su fin? ¿Dónde está el propósito? Dado que estas preguntas pudiesen tener satisfactoria contestación, lo mismo se podía escuchar la voz del oráculo revelador en Villabermeja que en la heroica villa de Madrid, capital de todas las Españas.
Aunque sin meterse en honduras científicas ni en averiguaciones de ningún género, bien podía el Doctor darse por pagado de ver las cosas como poeta, admirándolas y celebrándolas; limpiando bien el alma de malas pasiones, para que fuese bruñido y claro espejo que reflejase el mundo dentro de sí, no sólo en cuanto se extiende y dilata por los espacios, sino en su prolongación en los tiempos, con todas las series sucesivas de creaciones y manifestaciones que en él ha habido. Confesemos que la hermosa casa solariega de Villabermeja era cómodo y regalado asiento para asistir á esta representación magnífica y perpetua. El alma del Doctor, además, al reflejar en sí todas las cosas, no lo haría sin gracia y desmañadamente, sino que las hermosearía y perfeccionaría según ciertas leyes de buen gusto y de elegancia, tachando defectos y errores, produciendo armonías y creando, en suma, para sí un universo mil veces más bello. Aunque el Doctor no hiciera más que esto en toda su vida, ¿quién ha de negar que cumpliría con una gran misión? Pues, ¿de qué vale el universo y toda su hermosura, si no hay inteligencia que le mire y le comprenda? Decidido el Doctor á consagrarse á esto, no tendría ya que preguntarse con pena ¿para qué sirvo? Serviría para justificar la creación.
Por desgracia, ahondando un poquito más el Doctor en estas reflexiones y soliloquios, se encontró con una dificultad aterradora. Para la práctica ya había visto que sin amor nada podía; para la teórica halló también que era menester amor. Conforme Dios iba creando las cosas, las miraba con amor, y veía que eran buenas. Para encontrarlas él también buenas, ó al menos bellas, era menester que las mirase con amor. Mucho más amor era menester aún para reflejarlas en el espejo del alma con mayor hermosura de la que tienen. El amor es el grande artista, el creador, el poeta, y D. Faustino temblaba de pensar que no amaba. Quería convencerse primero, sin ningún amor, de que un objeto era bueno, muy bueno, y después amarle. No sentía el rapto generoso, la noble confianza del alma enamorada, que se lanza con amor al objeto y luego le halla bueno y bello.
Crea el lector que me pesa ahora de haber elegido para mi cuento un personaje de tan enmarañado carácter como el Doctor Faustino. Me obliga, contra mi gusto, á escribir este largo soliloquio que debe aburrirle; pero ya no podemos retroceder. Yo procuraré ser breve, aunque mucho se quede por decir.
Desesperado el Doctor de no amar lo bastante, así para la vida práctica como para la vida especulativa, en lo que tienen de más egregio, volvió á su tema de hacer una vida práctica y especulativa á la vez, más llana y más vulgar, y volvió á soñar con ir á Madrid en busca de aventuras y de triunfos. La falta de dinero, el grande obstáculo, apareció en seguida ante sus ojos.