—Bien miradas las cosas—pensaba,—más amor he alcanzado de Costancita que el que yo le daba y el que yo merecía. ¿Por qué fuí á enamorarla y á ver si me casaba con ella, sino por razones de conveniencia? Pues, si fué así, harta razón tuvo ella para mirar también por lo que le convenía y casarse con el Marqués, á cuya elevación y fortuna no era probable que jamás hubiese yo llegado. Es cierto que algo de amor despertaron en mi alma la hermosura y juventud de mi prima; pero amor tibio, vacilante, incierto. Si yo la hubiese amado con todo el corazón, mi amor se hubiera impuesto y hubiera hecho nacer en el corazón de ella otro amor capaz de sacrificio. ¿Por qué lamentarnos de la falta de amor, de amistad, de ternura, que guardan para nosotros las demás almas humanas? ¿Les prodiga la nuestra iguales tesoros, para exigir el cambio? ¡Ah! Yo amo con amor inmenso; mas no para rendirme y sacrificarme en aras del objeto amado, sino para hacerle todo mío. La fuente del verdadero amor está seca para mí. El verdadero amor empieza por conceder á su objeto cuantas perfecciones y excelencias le hacen amable; y después que le ha dado tales excelencias y perfecciones, se postra ante él y le adora y se ofrece en holocausto. El amor egoista, como el mío, anhela para sí un objeto dotado de todas esas perfecciones; pero examina, critica y jamás le halla. Entonces, dice:—Si yo encontrase una mujer como la que sueño, ¿qué sacrificios no haría por ella, qué virtudes no mostraría, con qué afecto no la amaría? Por desgracia no la hallo, y nada de esto puedo hacer. Mi amor sin objeto es también un amor sin obras. Si yo creyese en el progreso de la humanidad, en el lazo estrecho que une las almas, en la comunión de los espíritus, en el movimiento ascendente de todos los corazones hacia la luz, el bien y la hermosura, ¿qué no sería yo capaz de hacer para contribuir en algo á este progreso, á esa ascensión, á esa ventura y grandeza del linaje humano? Por desgracia no creo mucho en eso, y así es que no hago nada. Siento que haya en mi alma este amor de la humanidad tan estéril. Si yo considerase que esta patria, este pueblo ó nación de que formo parte es merecedor de todo amor, ¿quién sabe las hazañas y heroicidades que haría por elevarle á la mayor altura? Pero no hago nada, porque al cabo no estoy muy seguro de que esto que llamamos la patria sea más que un terreno, como otro cualquiera, donde por acaso he nacido, y de que esto que llamo mi nación pase de ser un conjunto de hombres venidos de mil diversas regiones, de varias castas y orígenes, y sin más vínculo que el de leyes, instituciones y creencias forzosamente impuestas por los más poderosos á los más débiles. El amor de la patria queda también estéril y sin objeto, á pesar de su intensidad. El amor de la belleza y del bien es amor de abstracciones: es el amor de mí mismo, si no hallo objeto fuera de mí que me parezca bueno y hermoso. Mi alma, sin embargo, está enamorada. ¿A quién ama mi alma? Quizás ama un ideal inasequible, que trabajo de continuo en forjar dentro de mí, sin llegar nunca á dar el ídolo por terminado.

Otro objeto de amor más excelso, más comprensivo, reconocía el Doctor que le convenía buscar para que su corazón se aquietase; pero no se atrevía á negar la realidad de la existencia de ese objeto, y, de miedo de encontrarse con un fantasma, no le buscaba.

El Doctor había leído las poesías desesperadas que privaban en aquella época; pero aun no habían salido á luz, ó no habían llegado á su noticia, las atrevidas especulaciones de los filósofos desesperados novísimos. Schopenhauer y Hartmann no habían penetrado en Villabermeja.

No habían, con todo, sido pocos los libros materialistas é impíos que el Doctor había leído. Veía además el pro y el contra de todas las cuestiones, y la índole de su entendimiento le llevaba á dudar.

La melancolía de su alma, en aquellos días, lo pintaba todo con los colores más negros.

Sin embargo, contra las negaciones que había hecho de todo objeto digno de su amor, él mismo se presentaba varios argumentos.

—Es muy cómodo—decía,—negar el objeto digno. Así se disculpa la pereza, la frialdad ó la cobardía. ¿Seré tal vez un miserable, incapaz de todo arranque generoso, y para justificarme á mis propios ojos quiero persuadirme de que no creo que haya un objeto que merezca que yo me sacrifique por él, que iguale al amor?

Luego pensaba si los filósofos y los poetas pesimistas lo habían sido por discurso y reflexión serena, ó por ser enclenques ó pobres, por falta de salud ó de dinero. Mas suprimiendo esto último, no dejaba el Doctor muy bien parado el orden de las cosas. ¿Por qué había de haber dolores físicos ó miserias sociales de tal naturaleza, que cambiasen así la condición de los hombres? Por otra parte, afirmar tal influjo era el colmo del excepticismo: era afirmar lo vano é interesado y falso de todo sentimiento y de toda idea. Si un sistema filosófico impío pudo provenir de que su autor padecía del estómago ó de que no tenía dinero bastante, ó de que no comía bien, también un sistema filosófico muy religioso y optimista pudo provenir de que el autor gozaba de envidiable salud y tenía satisfechas todas sus necesidades.

Cuando el Doctor llegó á este punto en sus cavilaciones, recordó sonriendo unos versos muy conocidos de Lope de Vega. Un lacayo, disfrazado de médico, es consultado por un caballero que padece honda tristeza, y se entabla este diálogo:

—Nada me parece bien;
Todos me son importunos.
—¿Tenéis dineros?
—Ningunos.
—Pues procurad que os los den.