Con sábanas y colchas, con vestidos y otras telas, formó Doña Guiomar una larga escala. Por ella se desprendió; llegó donde estaba el príncipe, se dieron ambos palabra de casamiento; la confirmaron con un apretado y prolongadísimo abrazo, y puesta Doña Guiomar á las ancas del caballo, huyó con el príncipe de su prisión y de la hechicera.
Aunque caminaban de prisa, Doña Guiomar notó, al cabo de un rato, que la hechicera, que había vuelto á la torre y visto que ella se había escapado, venía en su persecución. Ya estaba cerca la hechicera, ya iba casi á tocar con su mano á Doña Guiomar, cuando ésta tiró al suelo el peine de plata con que se peinaba, y se formó de repente una cordillera de montañas altísimas, con las cumbres cubiertas de nieve y de hielo. La hechicera quedó del otro lado de las montañas; pero tal era su poder y tanta su cólera y su brío, que salvó las crestas nevadas, bajó al llano, y ya iba alcanzando de nuevo á Doña Guiomar y á su amante. Doña Guiomar, entonces, tiró al suelo un puñado del perfumado afrecho con que se lavaba las blancas manos. Al punto se formó un intrincado matorral de jaras, espinos y zarzas, cubierto todo él de niebla muy espesa. La hechicera pudo, con todo, atravesar el matorral, aunque destrozándose las carnes, y sin extraviarse, á pesar de la niebla, se puso otra vez al alcance de Doña Guiomar y de su raptor. Doña Guiomar tiró, por último, al suelo el espejito en que se miraba, y luego se extendió entre ella y su perseguidor un río profundo, rápido y caudaloso. La hechicera pasó á nado el río. Aunque desfallecida ya y sin fuerzas, llegó cerca de Doña Guiomar. Doña Guiomar se tapaba la cara por no verla y los oídos por no oirla.
—¡Vuelve la cara, hija mía, vuelve la cara, para que te vea la última vez antes de perderte para siempre!—decía la hechicera.—Hija mía, tén compasión de mí, que te he criado. Mírame una vez, ya que me abandonas.
Doña Guiomar no quería mirar, pero el príncipe la rogó que fuese compasiva y mirase. Volvió entonces la cara, y la hechicera dijo:
—Permita el cielo que quien te lleva te olvide.
Esta terrible maldición se cumplió. Llegados el príncipe y Doña Guiomar cerca de la capital del reino, donde reinaba el padre del príncipe, dejó éste á Doña Guiomar en una quinta, pensando volver allí por ella para que hiciese su entrada en la corte con gran pompa y aparato. Pero, no bien la dejó, se le borró su imágen, su nombre y su amor de la memoria, y así permaneció años, hasta que por otro caso milagroso, que forma la segunda parte del cuento, vino al fin á recordarla.
Este cuento, como todos los de hadas, encantamientos y asombros, puede con facilidad traducirse en símbolo y alegoría. Por esto el Doctor fantaseaba que Doña Guiomar era la poesía, la imaginación, la fe, que obra milagros con quien la lleva para salvarse de la fría razón que la tenía aprisionada. Un momento de abandono basta luego para que la fe se olvide y desconozca.
La inmortal amiga era, pues, como Doña Guiomar: era la fe, la poesía, el concepto más puro del alma del Doctor, olvidado, desconocido por una maldición de la hechicera, que representaba y cifraba en sí ambición, ciencia profana, codicia, vanidad, orgullo y otras malas pasiones.
Fuese quien fuese en el mundo real la mujer vestida de negro que una vez se le había aparecido, el Doctor se sentía inclinado á convertirla en figura alegórica. Hecha esta conversión, todo se explicaba con facilidad. De la poesía no quedaba en el alma del Doctor sino el egoísmo. En su desesperada modestia, creía que habían muerto en su alma la devoción y la fe.
En otra noche de insomnio, lleno el Doctor del más doloroso abatimiento, se culpaba á sí mismo, y todo lo justificaba á la vez.