El Doctor discurría una noche con tan cándida buena fe, que al llegar á este punto fué á la mesa de su bufete y sacó de un cajón su fe de bautismo. Quiso cerciorarse y se cercioró de que había nacido en el año 1816, y se declaró á sí propio que hasta entonces no había habido Doctor Faustino ni espiritual ni material, y que todos los seres que llenan el espacio sin límites, y todos los sucesos y cambios que traman y tejen la tela del tiempo, dentro de la eternidad inmutable, habían existido y ocurrido sin que él tuviese arte ni parte en cosa alguna.

Después continuó cavilando:

—En la corriente de la vida, en la serie de los casos y de los seres he aparecido poco há. ¿Me hundiré, desapareceré para siempre, volveré á la nada de donde salí, ó persistiré en lo futuro? Toda esta substancia que forma mi cuerpo, ¿no se ha renovado ya varias veces, y yo he permanecido? Mi forma misma, ¿no ha cambiado en lo accidental? Y, sin embargo, ¿esencialmente no persiste hasta mi forma? Pues ¿por qué no ha de seguir persistiendo? Persistirá; pero ¿cuál será el modo de su persistencia? Como idea, no sólo persistirá, sino que preexistía. Como realidad, tal vez persista, pero no preexistió. En todo caso, hasta su persistencia como idea será más firme después de haber existido en realidad. Antes de ser yo realmente, era sólo, en la inteligencia infinita, una idea inmutable, eterna como esa inteligencia. Lanzado ahora en el seno de lo sucesivo y mudable, apareciendo mi ser en la corriente del tiempo, al menos vivirá también larga vida, ya que no vida inmortal, como idea y como recuerdo, en otras inteligencias finitas. Algún efecto ha de producir esta vida mía; alguna huella ha de dejar; para algo he nacido; para algo soy. Sin embargo, no me contento con esta inmortalidad, ó con esta vaga duración de más allá del sepulcro. Quiero, no la duración de mi nombre, ni de mis pensamientos, ni de mis obras, sino de todo yo, con el recuerdo vivo de mi nombre, de mis pensamientos y de mis obras, aunque este recuerdo venga á ser un tormento sin fin de remordimientos y de vergüenza.

Aquí volvía el Doctor á recordar la fecha de su nacimiento. Luego añadía:

—Nada: yo no era antes de 1816. Todo lo ocurrido hasta entonces, ni pena ni gloria para mí; pero de lo que he pensado, y hecho, y amado, y sentido, y aborrecido desde entonces, quiero gloria y pena y recuerdo perenne, y responsabilidad que no cabe. Yo me siento libre. Hay un poder en mí que no se doblega, ni cede, ni se humilla ante la misma omnipotencia. Si obedece sus decretos es porque quiere. Si no los obedece, es porque quiere. Debe responder y responde de todos sus actos. Ya sea caduca, ya sea inmortal, la existencia de esto que llamo mi espíritu, en este instante fugaz, en esta vida que vivo ahora, no es un paso como otros muchos que voy haciendo en el camino de la perfección, sino que es trance que decide de todo mi destino, de toda la eternidad para mí. En esta vida he de hacerme adecuado á la idea eterna que hay de mí si fuera de esta vida no soy más que una idea, ó de merecer en realidad todos aquellos grados de excelencia y de beatitud á que estoy llamado. Un poco de ciencia, un poco de vana curiosidad ha destruído en mí las creencias. Mi mente vuelve, con todo, por el discurso á coincidir en las más importantes de lo que por fe me enseñaron. Será esta vida un tránsito, una peregrinación á otra vida mejor; pero de esta vida depende todo. Lo esencial es esta vida. La acción del drama está en ella. Si queda para mí después una eternidad, toda ella se resume y cifra en este instante. Toda ella es sombra, reflejo, consecuencia, resultado de lo que ahora yo determine. Cielo é infierno, con su perdurable extensión, nacen ahora en el centro de mi alma, en el abismo de mi conciencia, la cual, por cima del torrente silencioso del tiempo que va pasando, vive en lo eterno. Es absurdo suponer que la vida es un ensayo, y que, si sale mal, venimos después á hacerlo mejor en otra. El vivir humano es más serio, más digno que todo eso. Toda la educación, todo el progreso, toda la purificación, todo el bien á que podemos aspirar ha de lograrse ahora ó nunca. De esto vivo seguro, ya permanezca nuestro espíritu penando ó gozando, pero inactivo después del drama, ya sobreviva sólo como concepto eterno con el recuerdo de las obras que hizo.

De esta suerte llegaba á persuadirse el Doctor Faustino, no de que el espíritu de la coya no vagase por la casa y pudiese entenderse con él, sino que la inmortal amiga, lejos de ser la coya, era un espíritu en cuerpo viviente mil veces más real que la sombra, el recuerdo, el concepto de la coya, revestido de forma sensible por la imaginación creadora de milagros.

Así volvía el Doctor, después de mucho discurrir, á la pregunta del principio: ¿Quién era su inmortal amiga? ¿La habría visto, conocido y amado, y se habría olvidado de ella?

A este propósito recordaba el cuento de Doña Guiomar, que le contaban las criadas cuando niño.

Una hechicera poderosa había robado á Doña Guiomar, que era lindísima, y la tenía encerrada en una torre muy alta, sin puertas, porque la hechicera subía á la torre volando. La torre estaba en medio de solitaria llanura, donde casi nunca llegaban pies humanos. La suerte quiso, no obstante, que un hermosísimo príncipe, hijo de rey poderoso, se extraviase un día yendo de caza, y apartándose de sus monteros, halconeros y demás comitiva, el príncipe vino á encontrarse en la oculta y misteriosa llanura donde estaba la torre. El sol brillaba cerca del cénit. Doña Guiomar, en el elevado mirador de la torre, peinaba la sedosa madeja de sus cabellos rubios con un peine de plata. El reflejo del sol en aquellos lustrosos y dorados cabellos deslumbraba la vista. El rostro de Doña Guiomar parecía circundado de refulgente aureola.

Doña Guiomar era de lo más bello que puede fingir la más discreta y generosa fantasía. El príncipe, galán atrevido, elocuente y bello también. Nacidos el uno para el otro, se enamoraron y cautivaron al punto.