A pesar de sus coloquios y combates con Respetilla, y á pesar de las largas conversaciones con Doña Ana, siempre quedaban al Doctor muchas horas de día y de noche, durante las cuales, en la más esquiva y completa soledad, se complacía en recogerse y reconcentrarse dentro de sí mismo, juzgando los sucesos de su vida y sondeando los senos más profundos de su conciencia.

De la aparición de la mujer misteriosa nada había dicho á su madre; pero una de sus primeras diligencias al volver á Villabermeja había sido ir á ver el retrato de la coya, que estaba en el estrado, el cual era la cuadra ó sala cuadrada del piso principal. El Doctor examinó atentamente el retrato; pero no acertó á decidir si era real ó imaginada su perfecta semejanza con su inmortal amiga. Por otra parte, su inmortal amiga le tenía, al parecer, olvidado hacía tiempo, y su recuerdo, aunque persistente, iba haciéndose algo confuso.

La obra de Pantoja era bellísima; pero al cabo no era más que una imagen, y no podía despertar en el Doctor, que gozaba de cabal juicio, sino simpatías meramente artísticas. La certidumbre de que aquél era el retrato de una antepasada suya, muerta hacía tres siglos, cortaba además los vuelos á su imaginación.

El Doctor había leído un cuento oriental, de cierto príncipe que halló en el tesoro de su padre un retrato de mujer de quien se enamoró; pero el príncipe creyó contemporáneo suyo el original del retrato. Salió en su busca por el mundo, y nunca pudo dar con la mujer amada. Sólo vino á averiguar, después de mucho tiempo y peregrinaciones, que la dama á quien amaba por el retrato había sido una reina de la isla de Serendib, no menos prendada de Salomón que la de Sabá, y quizás la más bella y favorita de sus mujeres. Si el príncipe hubiera sabido á tiempo que el retrato era de aquella antiquísima reina, jamás se hubiera enamorado. El Doctor Faustino no podía ser más loco que el Príncipe.

A pesar de todo, se deleitaba tanto en mirar el retrato y llegó á cobrarle tanto cariño, que se le trajo al salón del piso bajo, donde él vivía, poniendo en el hueco otro retrato de los que adornaban y autorizaban su salón.

No dejaba el Doctor, entre tanto, de recordar á su inmortal amiga de carne y hueso, y de forjar nuevas hipótesis para explicarse la carta que de ella recibió y la extraña cita y aventura que tuvo con ella. Base de estas hipótesis era siempre la afirmación de la existencia real, visible, tangible, corpórea y sólida de una hermosa mujer, que le había escrito, que le había hablado y que le había besado los párpados. Pero ¿quién era esta mujer? Harto sabía el Doctor que ni la boca, ni los ojos, ni los brazos, ni la frente, ni todo el cuerpo en conjunto, eran lo esencial de aquella mujer; que algo había en ella de indivisible que pensaba y amaba, y á esto llamaba espíritu. Dábale, pues, nombre de espíritu y no se encontraba más adelantado. Su ciencia impía no le llevaba más allá. ¿Era algo el espíritu por sí, ó era un resultado de toda aquella trabazón y concordia de partes, una armonía divina que brotaba de aquellos órganos? Si el espíritu era algo por sí, bien podía permanecer después de la muerte y ser antes del nacimiento. En este caso, ¿por qué no había de estar en aquel cuerpo de mujer, que él había visto y tocado, el espíritu de la coya? El espíritu que le animaba á él ¿no podía también ser el mismo que animó á uno de sus abuelos, el amante y marido de la coya, pongamos por caso? Pero pronto desechaba de sí este pensamiento como un desatino.

—¿Qué razón hay—se decía,—para sospechar tal cosa, cuando nada recuerdo de ninguna vida anterior á ésta que vivo? De esta misma vida apenas tuve conciencia hasta que mi espíritu acabó de formarse, saliendo de la primera infancia, como quien sale á luz de un seno tenebroso. Se diría que fué menester que la luz material hiriese mis ojos, que los objetos sensibles hiciesen impresión en mi alma, que la palabra humana me revelase la verdad penetrando en las ondas sonoras del aire por mis oídos, para que el espíritu, que sólo estaba en germen, diese razón de sí, fuese conociéndose á sí propio, pues sin conocerse no era.

El Doctor, si bien más inclinado á dudar que á negar ó afirmar, infería de todo que ni su inmortal amiga era la coya, ni él era otro que no fuese el Doctor Faustino. No aseguraba ni negaba para sí una vida más allá de la tumba. Sobre esto vacilaba. Pero cuando se prometía la vida ultramundana, se la prometía con recuerdo completo, con la misma forma y el mismo carácter, nombre y fisonomía de entonces. Cuando se prometía, en sus momentos de entusiasmo, una prolongación de su existencia más allá del sepulcro, todo lo ideal y etérea que puede suponerse, en otros mundos, en otras esferas, en otros cielos, no se comprendía sino como tal Doctor Faustino, hasta con el mismo cuerpo que entonces tenía, aunque los átomos que le formasen fueran de luz y de gloria, en vez de ser de lodo terrestre.

—Sin embargo—seguía meditando el Doctor—¿dónde va mi espíritu cuando duermo? ¿No se corta, no se para entonces su vida? ¿No será la muerte como el sueño? Cuando duermo, no siendo el sueño muy profundo, creo sentir, aunque confusamente, que soy. Cuando despierto, me asegura la verdad de mi existencia el recuerdo claro y patente de toda mi vida anterior. Pues ¿por qué, aun imaginando la muerte como un largo y profundo sueño entre dos vidas, no ha de acudir al alma cuando despierta, esto es, cuando vuelvo á nacer, el recuerdo patente y claro de todas las existencias pasadas? Cuando tal recuerdo no acude, no hay razón para creer el dogma de los antiguos brahmanes, divulgado en Europa por el sabio de Samos y renovado tantas veces. Yo soy todo lo que soy, y en la sucesión y en las mudanzas de mi vida hay una esencia permanente, que es como hilo de oro que enlaza en un collar muchas perlas. El mundo visible, la serie de mis impresiones, mis deleites, mis dolores, mis esperanzas, mis desengaños, mis dudas, mi ciencia, todo está enlazado en este hilo que persiste, que á veces creo que no se acabará jamás. Pero, ¿cómo he de creer que es eterno? ¿Cómo creer que tampoco ha empezado, cuando veo y noto su principio? Si en el sueño queremos suponer que se rompe, la memoria de todo lo anterior al sueño al punto le reanuda. Pero si en mí hubo muerte corporal antes de ahora, ¿dónde está la memoria que reanude la vida actual á la vida anterior á esa muerte? ¿Se baña quizás el espíritu cuando el cuerpo muere, en el río del olvido? ¿Va á confundirse acaso en el infinito Océano del espíritu? ¿Hay un mundo del espíritu, como hay otro de la naturaleza, y la compenetración de ambos es la humanidad? Si fuera así, lejos de creer en la existencia de mi individuo antes de mi nacimiento y después de mi muerte, me inclinaría mucho á dudar de la misma vida que ahora vivo. ¿Qué sería yo entonces, sino apariencia, ilusión efímera? Sólo habría real y efectivo por un lado la naturaleza y el espíritu por otro, como dos modos de la misma substancia. Ni mi ser ni mi conocer serían más que ilusorios, en cuanto yo me afirmase como ser finito y limitado, que vale tanto como afirmarme distinto de los demás seres.

El Doctor discurría así, de noche, á solas, en la gran sala baja, donde estaban los retratos, incluso el de la coya, y donde había también un espejo. En aquella soledad, sin temor de que le viesen y tuviesen por loco, se tocaba el cuerpo con las manos, se miraba al espejo y se veía, andaba y oía sus pisadas al andar, hablaba y escuchaba su palabra misma. Luego se reía de aquella prueba pueril que se estaba dando de su propia existencia. Cerraba entonces los ojos, se quedaba inmóvil en un sillón y prescindía de todo, hasta del pensamiento, y entonces la prueba de que existía era más clara: no era porque se veía, ni porque se tocaba, ni porque andaba, ni porque se oía, ni porque pensaba, sino era porque era. Desenvolvía luego aquella escueta y pura afirmación de su ser, y resultaba algo como el hilo ó lazo de unión donde venía la memoria á engarzar todos sus pensamientos, impresiones, ideas y deseos. Más allá de cierto término, ni había hilo, ni objeto alguno que ensartar en el hilo. Luego allí expiraba todo; luego aquello había tenido principio; luego antes no había sido nada.