XIII.
EXAMEN DE CONCIENCIA
Sin ningún incidente digno de contarse había hecho el Doctor su viaje de retorno á Villabermeja.
Su madre, á quien refirió de palabra lo que por cartas no había contado de sus amores con Doña Costanza, y del fin desengañado que tuvieron, puso á su sobrina como hoja de perejil, y no trató con más piedad al bueno de D. Alonso de Bobadilla.
Después de este natural y disculpable desahogo, la señora Doña Ana Escalante de López de Mendoza se afligió en el alma de ver á su pobre hijo derrotado y humillado, y el mismo Doctor tuvo que consolarla, mostrando que la derrota apenas lo era, ya que él había ido á enamorar á Costancita, y no á su padre, y sosteniendo que no había humillación en que no se llevase á cabo la boda por razones de estado y hacienda que D. Alonso aducía, y por razones de prudencia que Costancita había expresado, y que él mismo había reconocido y aceptado como buenas.
Así pasaron algunos días, hasta que llegó por el correo el parte oficial del casamiento de Costancita con el Marqués de Guadalbarbo. El furor de Doña Ana se recrudeció entonces, y el Doctor hizo por calmarle con mil reflexiones juiciosas.
Calmados ambos al fin, porque no hay agitación que no acabe, cayeron madre é hijo en una melancolía tranquila, y siguieron viviendo en Villabermeja, más apartados que antes del trato de toda aquella gente.
Doña Ana administraba el caudalillo, cuyos productos se consumían casi todos en pagar los intereses de la deuda, y cuidaba diestramente de la casa, donde con orden y severa economía lograba conservar el lustre señoril.
El Doctor, entre tanto, estudiaba, meditaba y daba largos paseos á pie, subiendo á menudo á los cerros, y sobre todo al de la Atalaya, para descubrir más horizonte. También iba á veces en su jaca á la quinta, que era lo mejor de su caudal. La quinta estaba en un sitio muy agreste y distante de los caminos reales, en la cumbre de otro cerro.
Casi la única persona con quien hablaba el Doctor, además de su madre, era el fiel Respetilla, quien solía entretenerle y arrancarle alguna sonrisa contándole los chismes y novedades del lugar, y á quien, por falta de otro sujeto más á propósito, había tomado el Doctor por contrario para tirar al sable y al florete, llenándole á menudo de cardenales el cuerpo con el sable de madera, y no saliendo ileso casi nunca, pues el Doctor no era un portento en la esgrima, ni para serlo había recibido las suficientes lecciones. Por lo demás, aunque el Doctor tenía la mano pesada y daba á Respetilla sobre diez palos por cada uno que recibía, los de Respetilla eran tan recios y desaforados, que valía tanto el diezmo que pagaba como la cosecha que por todo su cuerpo iba recogiendo. Este ejercicio, no obstante, era muy provechoso para el cuerpo y para el alma de los dos, y en fuerza de la costumbre, sentía ya amo y mozo como necesidad y comezón y hasta cierto deleite en apalearse todos los días.