«En fin, el primo ateo se ha largado á su lugar con viento fresco, convencido de que no se ha hecho la miel para la boca del asno, y, estoy seguro de ello, sin haber obtenido siquiera ni una mirada amorosa de su prima. Pero, ¿qué mucho, si su prima no sabe emplear sus hermosos ojos en semejantes liviandades? Yo la he observado con persistencia, y no he sorprendido jamás que mire á nadie sino como Dios manda. Sólo mira ella con intensidad amorosa, pero ¡de cuán distinto género! cuando mira á su padre ó contempla en la iglesia la imágen de algún santo ó de alguna santa.

«¡Qué diferente es esta Costancita de tantas y tantas señoritas de Madrid, que tienen novios á montones, que coquetean con unos y con otros, que no hay nada que ignoren y que son tan desenvueltas!

«¡No puedes figurarte lo que me he acordado de tí cuando hacías la justa censura, ya de esta, ya de aquella joven de la sociedad madrileña, porque me veías propenso á entrar en relaciones, y querías retraerme de tan funesta inclinación mostrándome los peligros que me amenazaban!—Costancita es todo lo contrario, me decía yo entonces.—¡A ésta sí que no la censuraría mi hermana!

«En fin, ¿para qué hemos de andar con rodeos? Tú eres la primera persona á quien doy parte. Costancita me ha enamorado perdidamente. Con ella no son posibles coqueteos ni términos vagos. Ni se la puede hablar al oído, ni sacarla á valsar, ni entretenerla con unas relaciones que no conduzcan al matrimonio, con el beneplácito de su familia. La honestidad y decoro de Costancita, el recogimiento con que vive, el respeto que infunde su honrado padre, y la misma sencillez é ignorancia de la linda muchacha, no consienten otra cosa. Rendido á la evidencia de estas razones, y prendado, cautivo, casi enfermo de amor, he buscado el único remedio posible y decoroso. He pedido á D. Alonso de Bobadilla la mano de su hija Doña Costanza.

«D. Alonso me ha dicho que por su parte se honraría en ser mi suegro, pero que en nada quiere contrariar la voluntad de su hija; que la consultaría, y que sería lo que Costancita quisiese.

«Costancita ha pedido diez días para decidirse.

«Hoy ha cumplido el plazo de los diez días, y Costancita me ha hecho el más feliz de los hombres aceptando mi mano.»

Así, salvo los cumplimientos y memorias, terminaba la carta del Marqués. Y aunque sea adelantar demasiado algunos sucesos, turbando el orden cronológico riguroso, añadiré que á las tres semanas de escrita la carta que dejamos copiada, en presencia de la virtuosa Condesa del Majano, que vino en posta de Madrid, y sin boato, galas ni preparativos, porque la modestia de Costancita lo repugnaba, se celebraron sus bodas con el enamorado Marqués, limitándose D. Alonso, en vez de los tres ó cuatro mil duros que prometía, á dar dos mil duros al año, que el generoso marido, con otros cuantos miles más, señaló á su mujer para que se vistiera como correspondía, y pudiera desquitarse con usura, después de la boda, de la carencia de joyas, galas y dijes que se había notado en ella.