—Aquí está,—contestó la casera dando á don Faustino un pliego cerrado, que él recibió con emoción extraordinaria, pensando reconocer en la letra del sobrescrito la mano de la mujer misteriosa.

Salió entonces en medio del campo, y mirando antes á todas partes para cerciorarse de que nadie había por allí que pudiese verle ó interrumpirle, abrió la carta y leyó lo siguiente:

»No ha sido mi propósito presentarme á tus ojos ni herir tu imaginación con el prestigio de lo sobrenatural. Mi alma soñadora, anhelando explicarse esta fuerza invencible que me lleva hacia tí, descubre, tal vez se finge, otras existencias, en que tú y yo, sin obstáculo alguno que entre nosotros se interpusiese, nos amamos y fuimos dichosos; pero no pretendo imponerte esta creencia. Mi alma cree también que, durante el sueño, desprendiéndose, por obra del amor, del cuerpo que anima, vuela y se pone á tu lado; mas no aspiro tampoco á que lo creas. Yo te amo, y sólo aspiro á que me ames. Tengo miedo, no obstante, de lograr lo mismo á que aspiro. ¿Para qué aspirar á que me ames, si no es posible, en esta vida, que nuestro amor nos dé ventura? De aquí lo singular de mi proceder. De aquí el huir de tí y el buscarte. La prudencia me induce á huir; el amor me lleva á tí á pesar mío.

»Hay además en mi vida un misterio horrible que no quiero, que no debo revelarte. Hay algo que está en mí y no está en mí, y que me hace indigna de tu amor. No presumas ni sospeches por eso que reside la indignidad en lo que es mi persona.

»Un diamante se conserva entero, puro, aunque caiga en el fango. Impenetrable á toda substancia corrosiva, sólo la luz penetra en su seno y le alegra y le llena de claridad y de hermosura. Tú eres la luz, mi corazón es el diamante.

»Una pequeña semilla cayó en la tierra. El sol, con su calor divino, la fecundó. Allí brotó una planta lozana, y en la planta una flor; pero no abrirá el cáliz ni dará su aroma si el sol, que eres tú, no lo acaricia.

»Mucho tengo que agradecerte, aunque no lo sabes. Ser flor y diamante te lo debo á tí, que eres mi sol y mi luz. La firmeza para resistir al fango en que había caído te la debo á tí, mi luz, y fuí diamante y no fango. El brío, la fuerza para ascender á la región serena del aire, saliendo del seno inmundo de la tierra, te lo debo á tí, mi sol, que con tu divino calor hiciste subir por el tallo, hasta el sellado cáliz, las esencias suaves y delicadas que son tuyas y para tí se guardan.

»Abandonada de todos, ruda, ignorante, ni los sagrados misterios de una religión que yo no comprendía, ni los santos que están en los altares, y cuya vida y cuyas virtudes yo ignoraba, hubieran evitado mi perdición. Dios quiso salvarme por tu medio. Dios, sin duda, infundió en mi alma una admiración hacia tí, que ha levantado mi espíritu y le ha hecho apto para concebir todo lo bueno. La preocupación constante de no hacerme indigna de tí, de no perder toda esperanza de que me estimases, ha sido mi escudo y mi defensa en los primeros años de mi vida.

»Más tarde vino el espíritu consolador y me llevó á su lado. A su lado se ha abierto mi alma á todas aquellas ideas nobles y á todos aquellos sentimientos generosos de que es capáz por su semejanza con Dios. Yo, sin embargo, aunque lejos ya de tí, no pude olvidarte. Antes bien recordaba con más viveza que la primera iluminación de mi alma fué obra tuya. Cuanto yo aprendía luego, cuanto por estudio y natural discurso alcanzaba, lo veía como cifrado é incluído en aquella primera iluminación de que tú fuiste causa. De esta suerte creció mi amor hacia tí. Como germen caído en terreno inculto, así tu amor cayó en mi alma. Todo cultivo posterior, lejos de extirpar el germen, ha contribuído á que se desenvuelva y brote con lozanía.

»Hasta la ausencia, el no verte en muchos años, poetizó más y más tu recuerdo. Te he vuelto á ver y no has desmerecido á mis ojos del concepto que de tí tenía, fundado en recuerdo tan poético. Así es que toda soy tuya. No dejaré de amarte aunque no me ames; no dejaré de amarte aunque me aborrezcas ó me desprecies.