»Si te oculto quien soy, tengo para ello razones poderosas. Respétalas y no me persigas.

»No hables de mí con nadie; te lo suplico.

»Si me amas, yo lo adivinaré y te buscaré. ¿Podré huir de tí, podré resistirme si me amas?

»Si no me amas, ¿para qué turbar con mi presencia tu sosiego? De mi amor mismo, aunque me abandonase y fuese toda tuya, no tomarías ni gozarías sino aquella mínima parte, quizás la más vulgar y grosera que tú fueses capaz de sentir por mí. Tal es la condición del amor. Quien guarda para alguien todos sus tesoros, jamás podrá darlos, por más que lo desee, como la persona amada no produzca y dé en cambio iguales tesoros de amor.

»La otra noche me viste por acaso y á pesar mío, abriendo de repente la ventana de tu cuarto. Tú me verás de más cerca, tú me verás junto á tí y por mi voluntad, si llegas á amarme. Tal vez me verás, aunque no llegues á amarme, si no logro vencer esta inclinación que me lleva hacia tí anhelante de un momento de felicidad, por más que sea menester comprarla á costa de tu desvío y de un siglo de tormentos. Adiós.—Tu María.

«El primer efecto que hizo la lectura de esta carta en el ánimo de D. Faustino, fué el de excitar el deseo más vehemente de buscar y de hallar á la mujer misteriosa.

A pesar de la súplica que contenía la carta, diciendo—No me persigas,—el Doctor hizo cuanto pudo, aunque en balde, por descubrir á aquella mujer.

El otro precepto de la carta—No hables de mí con nadie; te lo suplico,—hizo más fuerza en la voluntad del Doctor. Por no faltar á él no se atrevió á hablar de María ni siquiera con el ama Vicenta.

Pasaron, pues, ocho ó diez días, durante los cuales leyó el Doctor la carta cien veces, meditó sobre ella y no halló rastro de la persona que la había escrito.

Trasladado á lenguaje llano, el contenido de la carta daba de sí lo que sigue: