María era de Villabermeja. Nacida de lo más vil y abyecto de la sociedad había visto y admirado al Doctor cuando niña, enamorándose de él. Esta pasión sublime, engendrada en el alma antes de que María llegase á la adolescencia, la había salvado de perderse para siempre. La carta se expresaba á las claras sobre este punto. De ello no podía dudar el Doctor, por más que no recordase á ninguna chica pobre de ocho á diez años á quien hubiese podido inspirar una pasión. Algún alma caritativa (y el Doctor menos que nadie, porque estaba siempre en Babia, podía adivinar quién fuese) se había después llevado á María y la había educado. La educación y la ausencia, lejos de destruir el amor de ella hacia el Doctor, le habían poetizado y sublimado.
Impulsada de este amor irresistible, María, á pesar suyo y conociendo que dicho amor no podía tener término feliz, perseguía al Doctor y procuraba enamorarle.
D. Faustino López de Mendoza, aunque viciado por las malas lecturas y por la triste ciencia de su siglo, tenía excelentes prendas, corazón generoso y una sinceridad nobilísima. Tenía además veintisiete años.
Soñaba, pues, con amar y ser amado; pero ni quería engañar á los demás ni engañarse á sí mismo. ¿Qué razón había para que amase ya á la mujer misteriosa? Apenas la había visto, apenas había hablado con ella.
Sin embargo, tal era la inclinación de D. Faustino á todo lo poético y extraordinario, que se esforzó por quedar enamorado de su María.
Se dice de algunos personajes que perdieron la fe, y que, con fervoroso deseo de recuperarla, hicieron durante meses y años como si la tuvieran: rezaron sin creer en el rezo, cumplieron todos los preceptos y se sometieron escrupulosamente al rito. Así creyeron al cabo. Quien esto escribe conoce á un sujeto, que hoy está en opinión de santo, y que durante el período de su transformación asistía á una reunión de racionalistas y descreídos.
—¿Dónde va V., D. Fulano?—le preguntaban cuando se retiraba.—Voy á hacer guasa religiosa—contestaba él. Hasta que á fuerza de hacer esta guasa, acabó por tomarlo todo por lo serio y ser casi un bendito siervo de Dios, como es en el día, sahumando y aromatizando con el perfume de su santidad el campamento de D. Carlos VII.
El carácter del Doctor era inflexible. No podía el Doctor, por nada en el mundo, hacer guasa amorosa, ni de ninguna clase. Si el verdadero amor había de venir en pos de la guasa, aunque no viniese nunca.
Y, sin embargo, la inmortal amiga interesaba al Doctor. Su alma estaba ansiosa de amarla. Mas para amar lo que no se ve ni se toca, ¿por qué amar á una mujer? Ámese la ciencia, la belleza ideal, la poesía increada antes de revestir una forma, la perfección moral irrealizable en esta vida que vivimos: ámese á Dios, en suma.
Amar á una mujer con fervor semejante al que debe emplearse en el amor de estas cosas más altas, es una idolatría; idolatría que no se comprende si no se ve ó si no se toca el ídolo.