Dante, gran maestro de amor, lo había dicho en una admirable sentencia; salvo que Dante cometió la injusticia de acusar sólo á las mujeres de este linaje de materialismo. Dante deplora lo poco ó nada que
.....in femmina fuoco d’amor dura
Se l’occhio o il tatto spesso nol riaccende.
¿Por qué no deploró y confesó Dante el mismo defecto en el hombre?
Tal vez el gran poeta confundió con el amor verdadero la adoración de la mujer como figura simbólica y como alegoría y personificación de la ciencia divina, de la inspiración poética y hasta de la patria. Así amó él á Beatriz. Así amó Petrarca á Laura. ¿Podía el Doctor amar así á su María?
Antes de recibir la última carta no hubiera sido difícil. Después de recibida la última carta era casi imposible. A la mujer que ha de ser objeto de un amor de este género importa que las circunstancias la levanten por cima del amador, la pongan como en un pedestal, la encierren como en un impenetrable santuario. Esto tal vez no basta, por último, y es menester que venga la muerte y la arrebate á misteriosas esferas, y deje sólo de ella, en este bajo suelo, un fantasma etéreo, un simulacro divino, forjado por la mente, y cuya mera aproximación á nosotros, ó soñando ó velando, nos encumbre al paraíso y nos traiga como un subido deleite y como un sabor prematuro de eterna bienaventuranza.
El Doctor, reconociendo con humildad que no lo merecía, había sido y era para su María lo que Beatriz para Dante. Estaban, por un capricho de la suerte, los papeles trocados. Pero ¿cómo hallar él en María á su Beatriz ó á su Laura, después de la confesión ingenua que en su última carta María le había hecho?
El Doctor, pues, muy á pesar suyo, tuvo que confesar que deseaba la presencia de María; que su amor, fuese ella quien fuese, lisonjeaba su amor propio; que sentía hacia ella piedad, profunda simpatía y hasta cierta ternura, pero no verdadero amor. Ni siquiera sentía el amor simbólico y metafísico de Dante y Petrarca por sus dos queridas, verdaderamente inmortales.
Lejos de sosegar esta confesión el ánimo del Doctor, le atormentaba con amarga tristeza: le atormentaba con el tormento de no amar, que es el mayor de los tormentos.
Para distraerse de sus melancólicas cavilaciones redobló su actividad corporal. Paseaba desaforadamente á pie y á caballo; los combates al sable con Respetilla eran cada día más largos y feroces; tiraba á la barra; levantaba pesos enormes, y no pocas veces llegó á tomar el azadón y cavó con ahinco hasta derretirse sudando; pero, al consumir y gastar así sus fuerzas corporales, no lograba aquietar, ni por un instante, la inflamada vehemencia del espíritu.
Respetilla no era tonto; quería bien á su amo; recelaba que, en aquella vida solitaria que estaba haciendo, acabaría por volverse loco, y no dejaba ningún día de aconsejarle que viviese como los demás hombres, y que ya que por falta de dinero no le era dable irse á vivir á la corte, hiciese de la necesidad virtud; se figurase que Villabermeja era en substancia lo mismo que Madrid, y tratase á la gente de Villabermeja, distrayéndose y recreándose con sus paisanos, y sobre todo con las hijas de sus paisanos, entre las cuales las había muy bonitas, alegres y discretas.