Una mañana, después del combate al sable, Respetilla habló de este modo:

—¡Alabado sea el poder de Dios, y lo que ve el que vive! Cosas hay que no las creyera quien no las viera. Tenga por cierto su merced que jamás he dudado yo, antes he creído muy natural, que haya habido ermitaños penitentes, que se zurrasen de lo lindo con unas tremendas disciplinas, no comiendo más que hierbas y no bebiendo más que agua, no pensando en amores ni en amistades, y viviendo en la soledad; pero, al cabo de esta amarga vida, alcanzaban tales ermitaños la gloria eterna, la música celestial y qué sé yo cuántas delicias. Para ganarse la voluntad de Dios bien pueden hacerse sacrificios. Lo que no comprendía yo, hasta que lo he visto en su merced, es que haya también ermitaños y penitentes del diablo. Si la mitad de la penitencia, del recogimiento, de la abstinencia, de las vigilias y estudios en que su merced consume su mocedad y su vida, se encaminasen á agradar á Dios, nada tendría yo que decir, sino que su merced era un santo. Lo malo es que yo sospecho que su merced no se sacrifica sino para dar gusto al diablo, que al fin no tiene gloria que darle, ni siquiera le da, en esta vida, dinero y poder, aunque sea á trueque del infierno en la otra. Jamás había yo querido creer en las brujas, porque no comprendía qué gusto habían de tener, al ver tan perdidas á las que pasaban por tales, en servir al diablo sin recibir salario. Ahora empiezo á creer en la brujería. No se ofenda su merced, señorito. Su merced es brujo, y está dando culto al diablo y sacrificándole su mocedad y su existencia.

—Yo no doy culto al diablo—contestó el Doctor, no poco lastimado del tino con que Respetilla le atacaba:—yo doy culto á la necesidad invencible. Si á eso llamas tú diablo, sea enhorabuena: doy culto al diablo.

—¿Y qué necesidad tiene su merced de vivir como vive?

—¿Puedo, acaso, vivir de otro modo? Donde quiera que yo fuese haría un papel ridículo sin un cuarto. ¿Á qué oficio voy á ponerme, si no sirvo para nada? No hay más que resignarme á vivir en Villabermeja. Y aquí, ¿qué otra vida he de hacer que la que hago?

—¿Y por qué no hacer aquí otra vida?—replicó Respetilla.—¿Para qué desea su merced ir á Madrid? Sin duda para tratar á aquella gente. Pues trate su merced á la de aquí, y se ahorrará el viaje. Pues qué, ¿la gente de Madrid es distinta de la de Villabermeja? Todo se va allá, señorito.

—Vamos, ¿y dónde está esa gente? ¿Con quién te parece á ti que me trate?

—Con todo el mundo. Hay, además, una casa á donde yo quisiera que fuese su merced, porque allí se divertiría.

—¿Y cuál es esa casa?

—La de mi señor compadre el Escribano.