—Pues si sus hijas me detestan.
—Detestan á su merced porque su merced no va á verlas. Las pobrecillas están picadas.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Toma, porque me lo han dicho. Yo hablo mucho con las dos, y sobre todo con Jacintica, la viuda del guarda, que las acompaña siempre y va con ellas á misa, visitas y paseo. Ramoncita, la hija menor del Escribano, es muy bonachona, y hace lo que quiere Rosita, su hermana mayor. Pronto la casará con el hijo del boticario, que está ya acabando la carrera, y dentro de pocos meses será médico. Rosita, en cambio, no tiene novio, ni quiere tenerle, aunque ya pasa y más que pasa de veinticinco años. ¿Y para qué, si es libre, rica, señora de su casa, y dispone del caudal y manda en su hermana y en su padre y en cuantos la rodean?
—¿Querrá también mandar en mí?
—No, sino ser mandada, por lo que yo barrunto.
—Respetilla—dijo D. Faustino,—tú eres un tentador, un verdadero diablo, y me propones un disparate, por no decir otra cosa. ¿A qué he de ir yo á ver á Rosita? ¡Bueno fuera que creyese Rosita que yo iba á pretenderla, en busca de su dote, como fuí en busca del de Doña Costanza, é imitase á mi prima, calabaceándome!
—Yo conozco á Rosita, y sé que no pensará semejante cosa. Ni sueña en casarse con su merced, ni menos en darle calabazas.
—Pues entonces, ¿en qué sueña?
—En broma y palique. Aquí no tiene con quién hablar. No hay más novio posible para ella que el hijo del boticario, que corre ya por cuenta de su hermana. Rosita ha leído muchas novelas é historias y es muy elegantona. Conversar con su merced, sin proyecto de ninguna clase, sería para ella el colmo del contento. Dice Jacintica que ella dice que su merced sólo es capaz de entenderla en Villabermeja; que para los demás patanes de por aquí está ella como si estuviera en griego. Dice también Jacintica que en todas las ferias donde ha estado Rosita ha pasado por de Sevilla ó de Granada, cuando no por de Madrid, y que nadie ha sospechado que fuese de Villabermeja. Tan bien se viste, y tan atinada y afilustrada es en cuanto habla.