—Tú acabarás por hacerme creer que Rosita es un dije—exclamó D. Faustino.

—¡Ya lo creo que lo es! Y no de similor, sino de oro. Y luego, ¡lo que sabe! ¡Dios mío, lo que sabe! ¡Y qué genio! Ya, ya... Hasta á su padre le tiene metido en un puño... El Escribano, ya sabe su merced, tiene su por qué. ¿Estamos?... La niña del secretario del Ayuntamiento: la Elvirita, viuda del capitán... Pues nada: no se lleva Elvirita sino lo que Rosita quiere que se lleve. Y en vez de ser Rosita la que adula y sirve á Elvirita, sucede lo contrario. Elvirita está con Rosita casi tan humilde como una criada.

—¡Hombre, tú me cuentas de Rosita verdaderos milagros!—dijo el Doctor.

—¡Pues á fe que es ella poco milagrosa!

—Y dime—continuó D. Faustino,—¿el Escribano está por la noche de tertulia con sus hijas?

—Casi nunca: de día está el Escribano en los negocios de su oficio, y de noche arrullando á su tórtola. La tertulia de las hijas del Escribano se suele reducir al hijo del boticario, novio de Ramoncita, y á Jacintica, y nada más. ¿Quiere su merced verlo? Venga conmigo esta noche.

D. Faustino puso aún algunas dificultades; pero empezaba á sentirse tan aburrido y le había hecho tal impresión el que Respetilla le llamase, con tan certero instinto, ermitaño y penitente del diablo, que decidió al fin dejar la penitencia diabólica y salir en busca de aventuras, aunque fuese encanallándose en Villabermeja.

FIN DEL TOMO I

ÍNDICE DEL TOMO I.