Clamores horrendos simul ad sidera tollit;

la descubrieron, á pesar de sus gritos; y sin que el pudor les pusiese el menor reparo, se comieron el otro, dulce y aromático, que en tan oculto sitio había. La gente de casa acudió tarde para evitar que este reparo pasase al cuerpo de los podencos; mas no acudió tarde para contemplar á la excelente matrona en una inusitada y vergonzosa desnudez.

No puede negarse, á pesar de éstas y otras muestras de simpatía, que la tal simpatía se entibiaba con harta frecuencia por un defecto involuntario, casi fatal de la señora Doña Ana, cuya cortesía no tenía límites, pero cuyo entono, circunspección y retraimiento ponían á raya toda familiaridad y toda confianza. La señora Doña Ana, encastillada en el fondo de su caserón, apenas salía á la calle, recibía de tarde en tarde visitas con todo cumplimiento y ceremonia, y las pagaba con exquisita urbanidad. No había medio de quejarse de que fuese grosera, ni algo tiesa de cogote; pero no intimaba con nadie, y era arisca y poco comunicativa.

Las otras señoras del lugar se despicaban propalando que Doña Ana era bruja, aunque no con brujería plebeya de untarse y volar al aquelarre, sino con brujería aristocrática, recibiendo en su estrado á diablos y almas en pena de distinción y alto coturno, y entre ellos á varios individuos de la familia, como la mora cautiva, la coya y el comendador, con los cuales tenía sus tertulias.

Del mayorazgo Mendoza, del hijo de Doña Ana, que vivía también en la casa solariega, y que era sujeto menos tratable aún y más retirado de la convivencia de sus compatricios, á pesar de sus veintisiete abriles, se decían cosas mucho más raras; pero tanto lo que de él se decía, como lo que era en realidad, merece capítulo aparte por su mucha importancia.

II.