¿PARA QUÉ SIRVE?
No se asusten los lectores timoratos al leer el epígrafe que antecede, ni se den á sospechar que intento promover cuestiones impías. Harto se me alcanza que en toda la resplandeciente y complicada máquina del mundo no hay cosa alguna que no sirva para algo: todo tiene un fin; todo concurre al orden perfectísimo y á la total armonía. Para creerlo y afirmarlo, importa lo mismo decir que vemos porque tenemos ojos ó que corremos porque tenemos piernas, que decir lo contrario: esto es, que porque vemos tenemos ojos y porque corremos nos han nacido piernas y todo lo conveniente para correr. Casi, casi redunda en mayor alabanza de las leyes providenciales el contemplar y explicar las cosas de este último modo. Y si no, vaya de ejemplo: ¿quién sería mejor relojero, el que fuese fabricando prolijamente todas las ruedecillas, cada una con su fin y propósito, y luego las ajustase y ordenase entre sí, y luego diese cuerda al reloj, y luego el reloj marcase y sonase las horas, ó el que pusiese en un poco de metal un movimiento y una idea y un propósito de dar las horas, que agitasen todas las partecillas de que el metal se compone, y las forzasen á no parar en sus giros, vibraciones, brincos y sacudimientos, ya agrupándose de un modo, ya de otro, hasta que juntas se concertasen en marcar el tiempo y en señalar las horas con un punterito y en hacerlas sonar en el momento debido, hasta con música ó por lo menos con cuco?
El prurito eficaz, triunfador é infalible, puesto en los átomos, de organizarse de suerte que se formen seres que corran y que vean, ó es aserto misterioso y confuso como el dogma más ininteligible de la más metafísica de las religiones, ó presupone en la idea primera, cuyo desenvolvimiento produce el universo, una voluntad y una inteligencia soberanas, no menos grandes que las del ser personal que nos hiciese ojos para ver y piernas para correr. Repito, pues, que casi afirma más esta inteligencia y esta voluntad increadas, no el pensar que se nos dieron ojos para que viésemos y piernas para que corriésemos y alas á los pájaros para que volasen, sino el pensar que desde el origen hay en la materia un afán de volar que produjo al cabo las alas, y un afán de correr que produjo las piernas, y un afán de ver que produjo los ojos.
Por lo dicho, se me antoja con frecuencia que la tal doctrina de los materialistas novísimos pudiera purificarse de toda mancha de impiedad, y hasta convertirse en piadosísima doctrina, muy consoladora además y muy rica en pronóstico de progresos, mejoras y adelantamientos indefinidos. La antigua duda del padre Fuente la Peña, sobre si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros, se resolvería en favor de los monstruos, que tal vez aparecerían como síntomas del prurito ó conato de crear nuevas especies; y, siempre que fuera este conato legítimo, y no capricho pecaminoso, caso en el cual el ser monstruo sería un castigo, ¿quién nos había de privar de la razonable esperanza de echar alas y volar, si nos empeñábamos, ó de tener cola ó trompa ó un ojo más, como Furier pretendía?
No se argumente en contra sosteniendo que la vida, el instinto, el brío de los átomos, de las impalpables é invisibles esferillas que llenan el aparente vacío con las ondas del éter, es un instinto ciego, coeterno con la substancia. ¿Cómo dimana del instinto ciego la inteligencia que después explica sus leyes indefectibles? Estas leyes, además, ó están en cada átomo, que las conoce y las impone, ó están fuera ó por cima de los átomos, ó están á la vez en los átomos y fuera de ellos; por donde vendríamos á parar, después de calentarnos la cabeza más de lo justo, en aquello que nos enseñaba en la escuela el catecismo del padre Ripalda en que Dios está en todo lugar, animándolo y ordenándolo todo.
Por dicha, el ¿para qué sirve? de nuestro epígrafe, no requiere que ahondemos tanto. Este ¿para qué sirve? era la pregunta que Doña Ana se hacía á menudo con referencia á su único hijo el mayorazgo Mendoza. Y era también la pregunta que se hacía á sí mismo dicho mayorazgo, diciendo: ¿para qué sirvo? y no sabiendo qué contestar.
Nadie imagine, sin embargo, que era cojo, sordo, ciego, tullido ó tonto el mayorazgo Mendoza. Tenía sus sentidos y potencias más que cabales; era robusto; estaba sano y bueno, y como ya se ha dicho, ó si no se ha dicho se dice ahora, acababa de cumplir veintisiete abriles; pero nada de esto impedía que la señora Doña Ana y el mismo mayorazgo se preguntasen con ansiedad si él servía para algo, y no atinasen con la contestación.
Menester será, para que el lector comprenda bien estas cosas, que le ponga yo en algunos antecedentes.
Doña Ana era una dama, hija de un hidalgo de Ronda, de los más ilustres de aquella enriscada ciudad. Baste decir que Doña Ana se apellidaba de Escalante. Entre sus gloriosos antepasados, contaba á uno de los fundadores de la Maestranza; y los timbres de la Maestranza y sus grandes servicios en la guerra de sucesión, en el sitio de Gibraltar, en la guerra del Rosellón y en la de la Independencia, fueron desde entonces los timbres y servicios de la familia de Doña Ana.
Aunque nacida y criada en lugar tan alpestre y retirado como es Ronda, Doña Ana fué educada hasta con refinamiento; y no sólo por el gusto castizo y exclusivamente español, sino de un modo que pudiéramos llamar cosmopolita. Un discreto sacerdote francés, de los muchos que durante la revolución emigraron, vino á parar á Ronda y fué el maestro de Doña Ana, enseñándole su idioma y bastante de historia, geografía y literatura, y haciendo de ella un prodigio de erudición para lo que entonces solían saber en España las mujeres.