Todo el saber de Doña Ana no le valió, sin embargo, para negocio alguno; y al fin, cuando ya tenía veintinueve años cumplidos, recelando quedarse para tía ó para vestir santos, y estimulada por su padre y hermanos, que ansiaban colocarla, ó dígase deshacerse de ella, se resignó á casarse con el Sr. D. Francisco López de Mendoza, no menos ilustre que los Escalantes, mayorazgo, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Comendador de Santiago y Maestrante también de Ronda, como el padre y los hermanos de ella lo eran. Quieren decir ciertos autores que ya los Mendozas y los Escalantes tenían algún parentesco, y que esto contribuyó á facilitar el matrimonio; pero como no importa la tal circunstancia á la esencia de nuestra historia, la paso por alto, sin entrar en detenidas investigaciones.

Doña Ana tomó su partido con valor. Aunque había visto á Sevilla y había pasado largas temporadas en Málaga y en Cádiz, se enterró en vida en Villabermeja, sin quejarse lo más mínimo, sin dejar sentir á nadie, ni una vez siquiera, el sacrificio que hacía. D. Francisco, aunque muy caballero, era rudo, ignorante y violentísimo. Doña Ana supo amansarle, pulirle y civilizarle un poco á fuerza de paciencia y dulzura. El amor de Doña Ana á Don Francisco, dicho sea entre nosotros, si por amor hemos de entender algo de poético, no existió jamás; pero Doña Ana tenía muy elevada idea de sus deberes, y se miraba en su honra con verdadero orgullo patricio. Fué, por consiguiente, una esposa modelo. Achican un tanto el encomio que por esto merece, dos notables consideraciones. La primera es que el orgullo de Doña Ana, aunque rebozado en cortesía, no le dejaba estimar, ni siquiera como á prójimos, al resto de los bermejinos. Es la segunda la ferocidad y vigilancia de D. Francisco, el cual anduvo siempre ojo avizor y con la barba sobre el hombro, como quien no quiere la cosa; y si hubiera cogido en un renuncio á Doña Ana, ni el Tetrarca ni Otelo se le hubieran adelantado en vengar el agravio.

Lo que en manera alguna se achica por nada, en lo que no cabe escatimar el elogio, es, ya que no en el amor, en el afecto que engendra el trato, en la confianza que de la convivencia nace, y en la delicada amistad y constante devoción con que asistió siempre Doña Ana al lado de su marido, cuidándole cuando estaba enfermo, consolándole cuando triste, templando su furia cuando irritado, y compartiendo sus alegrías y haciéndolas mayores con su regocijada conversación cuando él estaba alegre. Doña Ana perdía la gravedad y el entono en el seno de la familia, y solía ser muy amena.

El fastidio, terrible y peligrosa enfermedad en las mujeres, no se apoderó nunca del alma de Doña Ana, pues sabía emplear su tiempo del modo más variado. A pesar de que había leído á Racine, á Corneille y á Boileau, le encantaban los poetas españoles más conceptuosos, sobre todo Góngora y Calderón, y hasta Montoro y Gerardo Lobo. La Historia de España, de Mariana, las obras del venerable Palafox, y el Teatro crítico y las Cartas eruditas de Feijóo, eran sus libros predilectos en prosa.

Siempre estaba ocupada en algo. Cuando no leía, cosía ó bordaba; y cuando no, cuidaba de la casa, donde el orden y la limpieza luchaban con lo triste y aislado del sitio y con lo vetusto de los muebles.

Desde la muerte de D. Francisco tuvo Doña Ana ocupación más importante: la educación completa de su único hijo.

Mientras D. Francisco vivió, la tal educación se había ido haciendo con tres impulsos diversos. D. Francisco enseñó al niño á montar á caballo, á tirar con la escopeta, y otras habilidades pertenecientes á la gimnástica. Cuando D. Francisco murió, tenía su hijo doce años; pero en dichas cosas estaba bastante adelantado.

El aperador de la casa era un antiguo criado, á quien, por la majestad con que trataba de que todo lo perteneciente á sus amos se respetase, habían puesto el apodo de Respeta; pero el hijo de Respeta, á quien solo por ser su hijo llamaban Respetilla, era de lo menos respetador y de lo menos amigo de infundir respeto por las cosas de sus amos que puede imaginarse. Este Respetilla, que tendría seis ú ocho años más que el mayorazgo Mendoza, fué su confidente, escudero, lacayo, ayo y preceptor, todo en una pieza. Con él aprendió el mayorazgo á jugar á las chapas, al cané y al hoyuelo, á tocar la guitarra y cantar la soledad, el fandango y otras canciones, y á referir una multitud de cuentecillos verdes. Por último, Doña Ana enseñaba al mayorazgo historia, y el mayorazgo se aficionó más que á ninguna otra á la de Grecia y Roma, soñando, siempre que no jugaba al cané ó á las chapas, con ser un Scipión, un Milciades, un Cayo Graco ó un Epaminondas, según él conocía á estos héroes por el libro de monsieur Rollin traducido al castellano.

Muerto D. Francisco, Doña Ana tomó la férula educadora y no quiso compartir con Respetilla la educación de su hijo. Era ya tarde, sin embargo, para apartar á Respetilla y para desarraigar del corazón y de la mente del ilustre mayorazgo todos los vicios y resabios de un señorito andaluz de lugar. Doña Ana hubo de contentarse con tratar de ingertar, digámoslo así, en el señorito andaluz y lugareño el saber y los sentimientos propios de un hombre culto y de un perfecto caballero.

Como D. Francisco había sido negro, esto es, muy liberal, á pesar de preciarse de tan linajudo, y había estado mal con Narizotas, como él llamaba á Fernando VII, siempre se había enfurecido ante el proyecto de que el niño fuese á servir al rey, entrando de cadete en un colegio. Doña Ana siguió con facilidad, en este punto, el humor de su dulce esposo, porque idolatraba á su hijo; no quería separarse de él; suponía aún que, teniendo que gozar de su mayorazgo, no tendría que servir á nadie, y además pensaba en que ni Milciades, ni Epaminondas, ni Cayo Graco, ni ninguno de los Scipiones, fueron cadetes nunca, ni subieron paso á paso, ridicula y prosáicamente, hasta llegar á generales, sino que fueron oradores, hombres políticos, guerreros y magnates á la vez, y ya empuñaban la espada, ya tomaban la pluma, ya se revestían de la toga, ya se armaban con la loriga y con el casco. Así quería Doña Ana que fuese su hijo, y aunque no tenía más que uno, entendía que valía por dos, y se juzgaba otra Cornelia.