¡Siento sobre mi frente arder el caos!
decía el verso espantable.
Había un caos de ideas y de pensamientos en aquella frente.
En ocasiones pensaba el Doctor que todo lo ignoraba; que no había estudiado, que había perdido su tiempo, y que era un mueble que no servía para nada, ni especulativo ni práctico. Pero con mayor frecuencia entendía al revés que no había cosa que él no supiese ó que no adivinase, y esto, en vez de alegrar su corazón, le afligía más aún.
—¿Con que no hay nada que yo no sepa? ¿Con que nada nuevo pueden enseñarme los libros? ¿Con que todo lo que leo, ó es un hecho insignificante, que lo mismo da saber que ignorar, ó es eco ó fórmula ó mera enunciación de lo que estaba ya en mi conciencia? Cada escritor pondrá en el orden que guste ó arreglará, según el método que quiera, sus doctrinas; pero yo me las sabía ya antes de leerlas en sus libros. De lo que no sé y de lo que anhelo saber es de lo que nada hallo en los autores.
Siempre que los pensamientos y cavilaciones del Doctor tomaban este rumbo; siempre que se juzgaba harto, saturado, repleto de ciencia humana, no estimándola en un pito, le entraban vehementísimos deseos de comunicar con otros seres superiores, á ver si sabían más que los humanos, y con su favor y auxilio acertaba él á penetrar en los misterios del mundo visible y del invisible.
El Doctor Faustino se juzgaba tan principal y tan noble, que no se explicaba el desdén de los espíritus, y se consideraba agraviado de que no comunicasen con él ni atendiesen y cediesen á sus conjuros.
No se crea por eso que el Doctor estuviese loco. Tenía momentos de exaltación, pero no de locura.
Al descender de sus puras especulaciones y al tocar de nuevo la realidad, se olvidaba de la magia porque no creía que hubiese ya un diablo tan estúpido que se dejase engañar como Mefistófeles se dejó engañar por Fausto, su semi-tocayo, proporcionándole gratis dinero, placeres, fama y buenos lances de amor y fortuna. Esto deseaba alcanzar, y para alcanzar todo esto no confiaba el Doctor ni en el diablo, ni en la magia, ni en la ciencia, ni en la poesía, sino en un arte vulgar que despreciaba, que miraba como indigno. No obstante, le daba rabia de dudar si le poseía ó no le poseía.
Para salir de esta duda, para hacer experiencia de sí mismo, queria el Doctor ir á Madrid. Villabermeja se le caía encima con todo su peso.