Faltaba poco tiempo para las tres, y el Doctor no tenía gana de descanso. Púsose, pues, á pasear y á hacer examen de conciencia.
Hombres hay que la tienen clara, y otros que la tienen confusa. La del Doctor era de la última clase. No quiere decir esto que viese menos y peor que otros en el fondo de su alma. Tal vez nace la confusión de la conciencia de ver demasiado. Los que no ven más que aquello que les conviene, agrada ó adula, lo ven ó creen verlo con gran claridad. Los que ven también lo que los contraría, vacilan y se enredan. El pro y el contra de sus propias acciones, y un tropel tumultuoso de encontrados pensamientos y propósitos, pelean sin tregua allá dentro.
Con la misma obscuridad y contradicción que se veía el Doctor á sí propio, veía los demás objetos que venían á pintarse en su interior sentido.
La primera duda que se proponía el Doctor era la siguiente:
—¿En qué concepto tendré á mi prima?
Ya estaba cierto de que era bonita, elegante y discreta; pero no sabía si era buena ó mala.
Lo que no quería creer es que fuese medio mala ó medio buena. O había de ser Costancita un breve cielo, ó un resumen y amasijo de todos los diablos. Propenso el Doctor á exagerar las cosas, apasionado y romántico, decía de Costancita:
—¡Ella será mi salvación ó mi perdición, mi infierno ó mi gloria, mi Tabor ó mi Calvario!
Claro está que Costancita no le era indiferente, que casi estaba ya enamorado de ella. Después se preguntaba:
¿Y ella... pagará mi amor? ¿Será capáz de pagarle? ¿Será capáz de comprenderle siquiera?