—No, primito. Yo no bajo; me voy á casa. Adiós, primito. Adiós, tía.
Y diciendo—¡á casa!—al cochero, se fué Doña Costanza, dejando al Doctor tan embobado, siguiéndola con los ojos hasta que la perdió de vista. Ella volvió la cara dos ó tres veces antes de desaparecer, y al ir á pasar la esquina disparó la última mirada, que por la distancia no pudo ya el Doctor distinguir de qué clase era.
V.
PRIMERA IMPRESIÓN
Doña Araceli instaló al Doctor en un cuarto muy alegre y bonito, con un balcón á un patio interior, cuyos muros estaban tapizados con las siempre verdes y frondosas ramas de varios naranjos y limoneros, y en cuyo centro se alzaba un surtidor de agua cristalina, derramándose en una taza de mármol con peces colorados. Todo alrededor se veían arriates con flores. Su aroma y el apacible murmullo de la fuente lisonjeaban á la vez olfato y oído.
En el cuarto había cama, sillas, tocador, sofá y mesa de escribir: todo limpio y bueno.
Allí dijo al Doctor el ama de la casa que podría descansar un rato, hasta las tres de la tarde, hora de la comida.
Luego le dejó entregado á sus propias reflexiones.