Costancita llamó lisonjero á su primo, y se puso colorada.

—Oye, sobrino—dijo Doña Araceli,—¿quieres creer que Costancita tenía miedo de verte y hablarte, figurándose que estabas siempre de doctor, tan serio como en el retrato, y temerosa de cometer alguna falta de prosodia ó de soltar una patochada? Ahora, que te ve de majo, me parece que ya no se asusta.

—Siempre me asusto, tía... ¡Y qué cosas dice usted! ¡Válgame Dios! ¿Cómo había yo de creer que mi primo viniese á caballo, vestido de doctor, con su muceta, borla y bonete? ¡Vamos, no me haga V. tan simple! Lo que yo creía es que mi primo es muy entendido é instruido, esté ó no con el traje doctoral, y que quizás me tuviese en menos cuando notase lo ignorante que soy. No... y lo que es este miedo, no se me ha quitado todavía.

El Doctor volvió á deshacerse en cumplidos, alambicando mucho y devanándose los sesos para demostrar, en lenguaje corriente, sin aparato ni términos científicos, que la mujer todo lo sabe y penetra por intuición, aunque nada estudie, y que en la cara y en los ojos de su prima se columbraba y traslucía más ciencia que en Aristóteles, en Platón y en Santo Tomás de Aquino.

Ya había demostrado el Doctor dicha tesis por dos métodos distintos, é iba á demostrarla por el tercero, cuando le interrumpió Doña Araceli, diciéndole que sin duda vendría cansado, y que cabalgase de nuevo, á fin de llegar pronto á su casa, donde podría reposarse.

El Doctor montó otra vez á caballo; y trotando al estribo del birlocho, del lado en que iba su prima unas veces, y otras, por cortesía, del lado de la vieja, llegó con ellas á la ciudad y á la casa de Doña Araceli.

En los veinte minutos que duró este dulce complemento del viaje, el Doctor lanzó veinte mil miradas incendiarias á su prima: á millar de miradas por minuto.

Costancita recibió el bombardeo de un modo delicioso, aunque difícil de explicar. Ya parecía que penetraba toda la intensidad y significación de aquellas miradas, y bajaba la suya con un pudor lleno de agüeros dichosos; ya que en su inocencia no consideraba aquellas miradas sino como muestras de cariño propio de parientes, y las pagaba con otras miradas de afecto puro y sin pasión de amor; ya se reía con risa sonora y franca, como si la provocase á reír el súbito y volcánico enamoramiento del primo; ya, por último, lanzaba ella también de vez en cuando alguna mirada tan semejante á la del Doctor, que no parecía sino que era la misma, que volvía á él de rechazo, haciéndose mil y mil veces más bella al reflejar en los negros ojos de Costancita.

El Doctor llegó algo mareado á la puerta de la casa de Doña Araceli. Todo se le volvía cavilar si Doña Costanza era un angelito ó un diablito; pero angelito ó diablito siempre le hechizaba.

Se apeó el Doctor de su caballo, que tomó de la brida un criado para llevarle á la caballeriza, y dió la mano á Doña Araceli, para bajar del birlocho. Apenas bajó Doña Araceli, acudió el Doctor á dar la mano á Costancita para que bajase también.