El birlocho se paró entonces, y el Doctor pudo ver á dos damas que en él venían.

La una era vieja y seca como una pasa, pero con ojos muy vivos y semblante bondadoso y alegre. Vestía de negro y traía en la cabeza una papalina con moños morados.

La otra era menudita, pero graciosa. Negro el cabello como la endrina y más negros los ojos. Los labios como el carmín; sonriendo siempre y dejando ver unos dientes blanquísimos é iguales. La nariz caprichosamente respingada, lo cual daba á su rostro cierto aire atrevido, burlón y de malicia infantil. La tez, fresca, limpia y brotando salud y juventud. El color, trigueño. El talle, flexible, no como una palma, sino como una culebra. Y por último, todo lo que de las formas podía revelarse, presumirse ó conjeturarse, artística y sólidamente modelado, sin exceso ni superabundancia en cosa alguna, sino en su punto, con número y medida, guardando las justas proporciones, según las reglas del arte, y en consonancia con la edad de diez y ocho años y la condición de señorita principal y cuidadosa de su persona, y no de descuidada aldeana.

Vestía la dama gentil un traje de seda de color de lila, y en la cabeza no llevaba más tocado que sus negros cabellos, ni más adorno que seis ó siete rosas, alternando con la clara púrpura de sus pétalos la alegre verdura de varias hojas de tallo.

Ambas señoras conocían al Doctor por el retrato, y no había miedo de equivocarse. Así es que Doña Araceli, pues no era otra la viejecita que venía en el birlocho, exclamó apenas se acercó al Doctor:

—Buenos días, sobrino; bien venido seas.

—Bien venido, señor primo—dijo Doña Costanza.

El Doctor saludó con la mayor cordialidad. Bajó del caballo y dió un abrazo muy cariñoso á su tía, y á la primita un apretón de manos, advirtiendo, á pesar del guante, que la mano de la primita era pequeña, y los dedos largos, afilados y aristocráticos, y no aporretadillos y plebeyos.

—Mira, sobrino—dijo Doña Araceli,—yo he querido salir á recibirte, y he pedido prestado el birlocho á Costanza, que ha tenido la bondad de acompañarme. Tu tío Alonso no ha podido venir, porque anda afanadísimo apartando el ganado que quiere presentar en la feria; pero no te puedes quejar cuando viene en cambio su hija.

El Doctor se deshizo en cumplimientos, y hasta formuló algunas frases bonitas, á pesar de que estaba cortado y de que naturalmente era algo tímido.