El Doctor, no obstante, seguía caminando en pos de Respetilla, hacia el pueblo y casa de su tía Doña Araceli, sin poner la proa hacia Madrid sino por un instante y con la imaginación sólo.

—Eso sí—añadía:—si Doña Costanza no me ama y yo la amo, me siento capaz de algo más grande y poético que lo que hizo Marsilla por Isabel. Aquél fué por esos mundos, para ganar la mano de su amada. Yo iré por esos mundos, á dar razón de quién soy, á llenarlos de mi gloria y á ganar al cabo el desdeñoso corazón de Costancita. Si ahora no me amase, obscuro y desconocido, ¿cómo no había de amarme y aun de idolatrarme cuando me viese descollar entre la multitud, con la frente ceñida en oro y lauro, y grabado mi nombre, con indelebles y gruesas letras, en las páginas de la Historia?

Tomando este giro la meditación, el Doctor se representaba tan á lo vivo que amaba ya á Costancita y que no era amado de ella, que empezó á suspirar con furia, como si se hubiese puesto enfermo. Respetilla iba muy adelante y no le oyó; que si no, se hubiera asustado.

En esto llegaron todos á un visillo, y desde allí descubrieron la ciudad á donde iban á parar. Blancas eran las casas por el mucho enjalbiego, y con grandes patios, desde cuyo centro se alzaban las verdes copas de naranjos, acacias, adelfas, azofaifos y cipreses. Un riachuelo, que corre por delante de la ciudad, regaba no pocas huertas en una fértil llanura que se extendía á los pies de los viajeros.

A la bajada del cerrillo tomaron éstos la carretera, saliendo de la vereda ó camino de herradura.

Diez minutos más tarde se divisó una nubecilla blanca sobre la carretera. Después un bulto que se movía.

Respetilla, con vista de águila, lo advirtió y reconoció todo, y volviendo riendas, vino hacia su amo gritando:

—Señorito, señorito, ahí vienen á recibir á su merced. Ese es el birlocho del Sr. D. Alonso.

No se había engañado Respetilla. Ya se estaba oyendo el sonar de los cascabeles y campanillas de plata que adornaban los pretales y colleras de los lindos caballos negros que tiraban del birlocho.

El Doctor se gallardeó sobre el aparejo redondo, se limpió el polvo con el pañuelo, se ladeó el sombrero con donaire, y puso espuelas á la jaca, que llegó pronto cerca del coche, haciendo mil escarceos.