El doctor era alto, delgado, aunque robusto, y rubio, no ya tirando á rojo su cabello, como suele por lo común el de los bermejinos, sino más bien de un rubio pálido. A pesar de ser aquella época la del más frenético romanticismo, no se había dejado crecer la melena, si bien no estaba tan corto su pelo que no se pudiesen ver y admirar los rizos naturales en que se ensortijaba, siendo á la vez suave como la seda. Lucía, pues, en el Doctor, en grado elevadísimo, una de las cualidades con que distinguen más los etnógrafos á la raza aria: era euplocamo por excelencia. La patilla, rubia también como el oro, era bastante poblada, y el bigote, que sin duda no se había afeitado nunca, tan delicado como el bozo. El Doctor tenía la frente despejada y serena, las mejillas sonrosadas, la nariz un poquito aguileña y la boca chica y con buena dentadura. Su tez era blanca y transparente como la de una dama, y los ojos grandes, azules y llenos de dulzura melancólica. En suma, nuestro héroe merecía en cualquiera parte la calificación de guapo mozo, si bien un tanto desgarbado. A caballo estaba bien, pero más que señorito de la tierra, parecía un inglés que se había disfrazado, vistiéndose á la moda de Andalucía. Esta última calidad había de favorecerle, porque parecer andaluz entre andaluces no hace sobresalir á nadie, mientras que toda la traza del Doctor tenía algo de extraño y peregrino, que es lo que más atrae y encanta á las mujeres.

Meditando, pues, el Doctor, mientras caminaba, iba diciendo entre sí de esta manera:

—Por complacer á mi madre he acometido una empresa que por mi propio consejo é iniciativa no hubiera yo acometido jamás. ¿Qué voy á ofrecer á Doña Costanza de Bobadilla, si gusto de ella, si ella gusta de mí, y llega el caso de pedirla en matrimonio? Mi casa solariega del lugar y unas cuantas fincas, cuyos productos se consumen en pagar los intereses del capital en que están empeñadas. Todo esto es ridículo. Valiera más no tener nada que tener esto. Lo ilustre de mi nombre no importa para ella, que es tan ilustre como yo. Además, en España apenas hay nadie que no sea ilustre. En cuanto alguien tiene dinero y da valor á estas vanidades, prueba que desciende del Rey Wamba si se le antoja. Si yo tuviese un título, aunque fuera el de Conde de las Esparragueras, que me han dado las hijas del escribano, ya sería otra cosa; ya habría algo que ofrecer. Siempre tiene vivo aliciente para una muchacha el pensar que la van á llamar condesa y que en las tarjetas va á poder escribir La Condesa de Tal. Es cierto que yo tengo el título de doctor y el de alcaide perpetuo; pero no se estila que el esposo transmita estos títulos á la esposa por legítima que sea. Doña Costanza de Bobadilla, si llegase á ser mi mujer, no podría escribir en las tarjetas: La doctora y alcaidesa perpetua de la fortaleza y castillo de Villabermeja. Vamos... está visto; yo no tengo que ofrecer sino esperanzas. Pero si Costancita las acepta por buenas, y me da en cambio su corazón, su mano y cinco ó seis mil duros de renta, que dicen que puede y quiere darle su padre, ¿por qué no aceptarlo todo? Además de tener por marido á un joven de mis prendas, el dinero que dé á Costancita su padre será como dado á usura, ó más bien como puesto en una aparcería, en que pongo yo el saber, el ingenio y el trabajo.

Aquí se encumbraba la meditación, pero con tal rapidez, que no es fácil seguirla y menos encerrarla dentro de un lenguaje hablado ó escrito. El Doctor, ora se veía coronado en el Liceo de Madrid, después de haber leído una fantasía ó un poema oriental; ora salía á la escena en el teatro del Príncipe, donde acababa de representarse un portentoso drama suyo; ora estaba despachando ó dando audiencia en la silla ministerial; ora venían á pedirle albricias sus numerosos amigos porque la Reina tenía á bien concederle el título de duque, libre de lanzas y medias annatas, en pago de sus relevantes servicios; ora llegaba á París de embajador, y el rey Luis Felipe y toda su corte se quedaban encantados de su mucha discreción y finura, y ora inventaba un nuevo sistema de filosofía para que informase todas las demás ciencias secundarias, creando así la ciencia primera, una y toda, con general asombro y contentamiento de los nacidos.

Estos triunfos y otros mil, que pasaban refulgentes, arrebatadores, estruendosos, ricos en color, llenos de armonía y de belleza por la mente entusiasta, se tocaban con la mano, tomaban cuerpo, se iban á realizar, una vez dueño el Doctor Faustino de los cinco ó seis mil duros de renta de Doña Costanza de Bobadilla.

—Pero no—proseguía el Doctor,—no me casaré con Doña Costanza si no me enamora, ó al menos si no tiene talento y hermosura, por donde la gente llegue á presumir que pude enamorarme de ella aunque no sea tal el caso. No me casaré, aunque pierda y desbarate todos mis ensueños.

El Doctor se decía esto, porque los hombres nos complacemos en engañarnos á nosotros mismos, poniéndonos en trances apurados, que no existen, y saliendo de ellos de un modo heroico. ¿Quién no se ha fingido alguna vez que le acometen seis ó siete enemigos y que él les hace cara y les vence y aterra? Y con todo, si los seis ó siete, ó tal vez uno solo le acomete de verdad, es probable que ponga pies en polvorosa. ¿Cuántas costurerillas y cuántas fregatrices no dan por seguro en el fondo del alma que ni el propio Fúcar las seduciría, aunque les ofreciese el oro y el moro? Y, sin embargo, sabe Dios con cuán ligero empuje suele luego el interés derribar su entereza.

El Doctor no ignoraba que Doña Costanza era bonita, y, por consiguiente, no había para qué hacer del heroico y desprendido, diciendo que no se casaría con ella si no fuese bonita. Pero esto, que llaman ahora darse charol, no es sólo para deslumbrar á los otros, sino para deslumbrarnos y deleitarnos en nuestras propias perfecciones.

Verdad es que el soliloquio del Doctor era más candoroso, era profundamente sincero y notable, cuando continuaba:

—¿Y si Costancita no me quiere? ¿Y si me halla poco ameno, encogido y sin chiste? ¿Y si no comprende el valor de mi alma? ¿Y si no cree en mi porvenir, como yo creo? ¿Y si, á pesar de su falta de fe en mí y de sus desdenes, soy yo quien me enamoro de ella? Entonces será menester matarla. Pero, ¿qué culpa adquiere, si no le caigo en gracia? ¿Por qué, no digo matar, pero ni tan sólo odiar á una mujer que nos desdeña? En este último caso desesperado, ya sé lo que debo hacer. Desoiré los consejos de mi madre; me iré á Madrid sin recursos, á la ventura; lucharé; no reposaré hasta ganar dinero, posición y nombradía, hasta probar á Doña Costanza que soy digno y más que digno de ella; que no necesito de su dinero para elevarme; que mis ensueños de ambición no son vanos. Casi estoy por irme ya á Madrid derechito, y entrar por la Puerta de Toledo con todo ese aparato y estruendo de mulos, y con las alforjas, el piñonate y demás presentes, que no faltará allí quien se los coma.