El Doctor se sentía menos melancólico que de costumbre.
Como gente que va á caballo y picando mucho porque tiene mucho que andar, la caravana se salía del camino más trillado ó iba buscando las trochas, ya cortando por unos olivares, ya tomando veredas y atajos por medio de cortijos y dehesas, ya siguiendo por la orilla de algún arroyo ó trepando por algún cerro.
Respetilla era admirable para guiar en un camino y se puso delante. El Doctor Faustino le seguía. Detrás arreaba el mozo, con el equipaje y los presentes en los tres mulos de reata.
Tan embelesado y distraído iba el Doctor, que ni se daba cuenta de lo que pensaba.
El sol salió. Anduvieron más de un par de leguas. Eran las nueve del día.
Sólo entonces recordó el Doctor, ó dígase volvió en sí, y bajó de los espacios etéreos para pedir de almorzar.
—Un poco más allá hay una fuentecilla que tiene un agua muy buena y sombra; allí almorzaremos, si quiere su merced,—dijo Respetilla.
En efecto, no tardaron en llegar á la fuente. Se apearon, se sentaron sobre la yerba, bajo una corpulenta encina y almorzaron de un buen repuesto de carnero fiambre, huevos duros y jamón en dulce, que en las alforjas traían. La bota, aunque colosal, harto enflaquecida ya con el jaleo de la noche anterior, acabó de quedar enjuta, pegadas una con otra las dos caras interiores de la corambre.
Cierto que para decir que el Doctor y su séquito caminaron, durmieron, cenaron y almorzaron, tal vez censure el lector que yo me detenga, y tal vez afirme, además, que lo mejor sería que diese ya el viaje por terminado, trasladándome con mi héroe á casa de Doña Araceli; pero yo diré al lector, para disculparme, que el Doctor Faustino, después de haber almorzado, y prosiguiendo su viaje en la misma forma, y acercándose ya á la ciudad, donde tal vez iba á contraer un compromiso que influyese en gran manera en su suerte y vida, tuvo una meditación ó soliloquio tan esencial y transcendental, que no puedo menos de ponerle aquí en compendio y resumen. Para ello, como para todo, me valdré de las noticias circunstanciadísimas y hasta prolijas, que me suministró D. Juan Fresco, las cuales fueron tantas, que yo, lejos de ampliar la historia con invenciones mías, lo que hago es encerrar cuanto en ella se contiene en las menos frases que puedo, pues no me agrada ser difuso.
Importa, no obstante, decir cuatro palabras sobre un punto que aun no hemos tocado. Algo entrevé ya el lector de las cualidades morales é intelectuales del Doctor Faustino, pero nada sabe aún de su aspecto y fisonomía.