El Doctor oyó el chiste de aquellas desvergonzadas y se puso rojo como una amapola. Pensó que sabían que iba á hacer el papel de Coburgo y que por eso se mofaban; pero las Civiles no sabían á dónde iba el Doctor Faustino.
IV.
DOÑA COSTANZA DE BOBADILLA
Las catorce leguas que separaban al Doctor Faustino de la casa de su tía Doña Araceli fueron quedando atrás, sin que ocurriese nada memorable.
La caravana ó pompa novial paró aquella noche en una venta que distaba nueve leguas de Villabermeja. Allí cenaron pollos con arroz y pimientos, que parecieron exquisitos después de jornada tan fatigosa, y sardinas fresquísimas, que les vendió un arriero que venía de Málaga y que se albergó por dicha bajo el mismo techo. Las sardinas, asadas sobre las brasas, estaban saladas de veras, y fueron un gran incentivo y despertador de la sed. El Doctor, su escudero Respetilla, el mozo de los mulos y hasta el arriero vendedor de las sardinas, á quien convidaron á cenar, comieron patriarcalmente en la misma mesa y empinaron bien el codo, dando un millón de besos á la bota del Doctor. Luego durmieron como bienaventurados, sobre unas haldas que rellenaron de paja, sirviendo de almohadas los aparejos de las bestias.
Antes de que clarease, ya estaban de punta el señorito y sus dos criados. Éstos, á pesar de las libaciones de la noche anterior, mataron el gusanillo con aguardiente de anís doble, y el señorito tomó una jícara de chocolate.
Vaciadas las haldas en el pajar, pagada la cuenta y aparejadas las caballerías, se pusieron de nuevo en camino, cuando ya las estrellas se habían desvanecido y perdido todas en la blanca é incierta luz del alba, brillando sólo en la celeste bóveda el lucero miguero.
Era una hermosa mañana de primavera. Golondrinas, jilgueros y ruiseñores cantaban. El ambiente diáfano, el vientecillo lleno de frescura y la rosada luz que iba asomando por el Oriente, alegraban el corazón.