—Sí, Faustinito. Mira, me da el corazón que te vas á enamorar como un bobo de mi señora Doña Costanza. De ella no digo nada, porque, según Araceli, está ya hecha un volcán desde que contempló tu retrato. Pronostico que habrán de hacerse las bodas.
—Si Costancita me parece bien y es tan rica, nos resignaremos.
Dada la venia por el Doctor Faustino, Doña Ana desplegó, durante cuatro días, toda su actividad en los preparativos del viaje. Echó é hizo echar cuellos y puños nuevos á algunas camisas del Doctor que estaban algo estropeadas; examinó las levitas y fraques de Caracuel, y halló que, por fortuna, no habían sido injuriados por la polilla, y en el mejor de los dos vestidos de majo hizo varias reformas indispensables.
La víspera de la partida tuvo Doña Ana una larga y acalorada discusión con su hijo, empeñada ella en que llevase los dos uniformes de maestrante y oficial de lanceros y D. Faustino en que no los había de llevar.
Al fin triunfó el parecer de Doña Ana. El uniforme de maestrante luciría mucho en un baile de gran etiqueta que se anunciaba. Y en cuanto al otro uniforme, ¿qué duda tiene que parecería bien y rebién, llevándole D. Faustino á la feria y corriendo al estribo del birlocho de Doña Costanza de Bobadilla, caballero en la jaca castaña, con su portapliegos lustroso, sus plumas blancas y su chasca polaco? Lo único que consintió Doña Ana que no fuese á la expedición fué la lanza, porque al cabo no iba á haber formación ni cargas de caballería, y parecería ya demasiado belicoso el llevarla. Doña Ana, no obstante, sintió que Costancita no viese á su hijo hacer el molinete, como enredando en sus raudos círculos las balas y la metralla. Doña Ana decía que entonces se asemejaba su hijo á Diego León.
Como en la ciudad á donde iba el Doctor Faustino no había Universidad ni salón de grados ó paraninfo, hubo de desperdiciarse también otro medio de seducción, y no se embaularon la muceta, el bonete, la borla y demás insignias doctorales.
Por último, llegó el día de la partida. Madre é hijo se abrazaron cariñosamente. El Doctor Faustino, con traje de campo, zahones, faja y marsellé, montó en su jaca castaña, enjaezada con aparejo redondo, lleno de flecos de seda, y dos retacos. Respetilla, como escudero, le seguía en un mulo tordo, y con vestidura parecida, aunque más pobre. Después cerraba la marcha otro criado, nada menos que con tres mulos de reata, donde iban el equipaje del señorito y no pocos presentes que había dispuesto Doña Ana para obsequiar á Doña Araceli y á la misma Doña Costanza. Allí les enviaba piñonate, alfajores, hojaldres, gajorros, arrope de varias clases en canjilones tapados con corcho y yeso, gachas de mosto, empanadas de boquerones, carne de membrillo y otros mil regalos de repostería, por donde es celebrada en todas partes la gente de Villabermeja.
La expedición salió muy de mañana del lugar; pero no tanto que las Civiles, que eran tan ventaneras como madrugadoras, no estuviesen ya atisbando detrás de la celosía. El Doctor Faustino y todo su séquito tuvieron que pasar forzosamente por delante de la casa del escribano.
Oye, Rosita—dijo Ramona, al ver pasar al Doctor,—¿á dónde irá el Conde de las Esparragueras?
—A conquistar algunas tierras más fértiles y que produzcan más ochavos,—contestó Rosita.