—A eso voy. Ten calma que todo se andará. La niña Bobadilla tiene un hermano llamado D. Alonso, poseedor de un riquísimo mayorazgo, y más rico aún que por el mayorazgo, por su buen tino y mejor suerte como labrador de varios cortijos y criador de ganado lanar y vacuno. Vive D. Alonso en la misma ciudad que Araceli; está viudo quince años há, y tiene una hija de diez y ocho, cuyo nombre es Costanza, de cuya hermosura y discreción no hay encarecimiento que no se oiga, y en elogio de cuya virtud, recato y buena crianza se hacen lenguas los más descontentadizos.
—Vamos, ¿y qué?—interrumpió el Doctor.
—¿Para qué andar con rodeos? Yo he tratado de tu casamiento con esta señorita. Su padre la adora y tiene millones.
—Madre, ¿quiere V. hacer de mí un Coburgo?
—¿Y por qué no, hijo de mis entrañas? Tú tomarás dinero como quien toma alas para volar; pero volarás luego, y encumbrarás tan alto á tu mujer, que no le pesará de haberte dado las alas. Ella te conoce ya por el retrato en miniatura, en que estás tan guapo, con la muceta y el bonete de Doctor; y mi prima Araceli, que le ha enseñado el retrato, me dice en sus cartas que has gustado mucho á Costancita.
—Me alegro, mamá, me alegro; pero yo no sé aún si ella me gustará ó me disgustará.
—Para eso han de ser las vistas, hijo mío. Nadie te pone un puñal al pecho. Nada hay concertado aún. Posible es que D. Alonso sepa algo del proyectillo; pero ha de aparecer como que no sabe nada. Ni tú ni Costancita os habéis comprometido. Os veréis, os trataréis, y si no os agradáis, en paz; no hay nada perdido.
—El tiempo y la fatiga y los gastos de viaje...—dijo el Doctor.—Mejor será desistir y que yo no vaya.
—Yo he prometido ya que irás, y no me dejarás fea.
—No, mamá; si V. lo ha prometido, no habrá más que ir.