Procedo en esto como los doctos historiadores de los tiempos heroicos, y noto en nuestros días, tratándose de lugares de corta población, lo mismo que sucedía en el albor de la historia, en los siglos dorados y poéticos en que los patriarcas vivieron. Perseo dió nombre á los persas, Heleno á los griegos ó helenos, Heber á los hebreos, Chus á los chusitas, Jafet á los jaféticos, y así discurriendo, hasta llegar á nuestro Padre Bermejo, de donde arranca la denominación de bermejinos.
No debe colegirse de lo dicho que el Padre Bermejo fuese un personaje real. Tal vez fué la prosopopeya de todo un pueblo. Muchos sabios de ahora interpretan de esta suerte el nombre y la vida de algunos patriarcas citados en los primeros capítulos del Génesis. Tubalcain, pongo por caso, es para ellos, no un hombre que vive unos cuantos siglos, sino toda una raza humana: los turaníes, ó mejor diremos, un ramo ó varios ramos de los turaníes, llamados acadienses, protomedos, calibes y tibareños, los cuales fueron los primeros que trabajaron los metales y pasaron de la edad de piedra á la de bronce.
No faltan ejemplos tampoco de atribuir con malevolencia y en son de mofa un patriarca grotesco ó aborrecible á una nación ó casta. Los egipcios, v. gr., suponían que los hebreos nacieron en el desierto de un nefando consorcio de Tifón, dios del mal, cuando, caballero en una burra, iba huyendo de Horo, y no recuerdo bien si de su hermano Osiris, ya entonces resucitado. De este carácter malévolo se revisten, á no dudarlo, la fábula ó mito del Padre Bermejo y el apodo de bermejinos; pero no teniendo yo otro nombre mejor á la mano, repito que me he de permitir llamar Villabermeja al lugar que describo y bermejinos á sus habitantes, haciendo todas las salvedades posibles y jurando y perjurando que no trato de inferir la menor ofensa á mis semipaisanos.
Yo los quiero á todos muy bien; y además hay entre ellos una persona cuyo carácter, entendimiento y afable trato me encantan, y á quien me honro en considerar como uno de mis mejores amigos.
Esta persona es conocida con el apodo de Don Juan Fresco, y así la llamaremos, seguros de que no lo tomará á mal. Don Juan Fresco es un verdadero filósofo.
Cuando chico le llamaban Juanillo. Se fué del lugar y volvió riquísimo, ya muy entrado en años y con un don como una casa. Atendidas la novedad y la frescura de este don, la gente dió en llamarle D. Juan Fresco, y no de otra suerte se le conoce y distingue.
Pasa con razón por un potentado; pero como no quiere mezclarse en política, ni en elecciones, ni en nada, no es el cacique como debiera serlo. Villabermeja, contra la costumbre y regla general de los lugares de Andalucía, está descacicada ó acéfala.
Al volver á su país natal, este varón excelente ha dado, en mi sentir, la mayor prueba de amor á la patria que puede imaginarse, ó cuando no, ha dado muestra de una portentosa despreocupación.
En cualquiera otra parte pasaría por un caballero; allí tiene por primos ó sobrinos al carnicero, al alguacil, á media docena de licenciados de presidio y á otra gente por el mismo orden. Pero de esto no se le importa un ardite. ¿Merecería llamarse D. Juan Fresco si no tuviera tanta frescura?
Por el contrario, mi amigo D. Juan saca de lo desastrado de su familia ciertas deducciones lisonjeras. Asegura que no es casta la suya de ganapanes ó destripaterrones humildes, sino de gente del bronce, hidalga, de ánimo levantado, en quien prevalecen los bríos y el vivir heroico y el gran ser de los bermejinos de la Edad Media, que eran guerreros fronterizos de tierra de moros. Los Frescos, llamémoslos á todos así, no sirven para cavar: tienen que revestirse de la toga ó empuñar las armas, y por eso, no habiendo habido mejores medios de satisfacer tan nobles instintos, uno es carnicero, alguacil el otro, y no pocos se han echado al camino, en varias ocasiones, ya de contrabandistas, ya de desfacedores de agravios de la fortunilla ciega, enmendando, hasta donde les es dable, el mal repartimiento que de sus presentes y favores ella tiene hecho.