En tales razones funda D. Juan la apología de su familia; no sé aún si con toda seriedad ó de broma, porque es el mayor socarrón que he conocido en mi vida.

Tendrá ahora sus setenta años muy largos de talle; pero está más firme que un roble y más derecho que un huso: no le falta diente ni muela, y conserva todo su cabello, que, por ser rubio como de legítimo bermejino, disimula ó encubre las canas. Monta á caballo como un centauro y dispara su escopeta con tanto tino como si poseyera las balas encantadas de Freischütz, ó fuera un Filoctetes á la moderna.

Don Juan vive con esplendidez nada común por aquellos lugares. Su casa está situada en la plaza, y como todas las de los ricos de por allí, se compone de dos: una destinada á la labranza, donde hay lagar, bodega, candiotera, molino de aceite, cochera, alambique y caballerizas; otra de comodidad y aparato, con patio enlosado, fuente y columnas de mármol, flores, muebles elegantes, y, ¡cosa extraña! una escogida y rica biblioteca. Esta biblioteca no es sólo de adorno. D. Juan lee mucho y sabe mucho también.

De su vida y del origen de su riqueza diré en resumen lo que él me ha contado, excitado por mí, porque es hombre que habla poco de sí mismo.

Nació casi con el siglo y no conoció á su padre. Su madre era viuda ó algo parecido á viuda. En estos pormenores no entra nunca D. Juan, á pesar de su filosofía.

A la edad de siete años ya se ingeniaba para contribuir con su óbolo al gasto de la casa. Ora cogía cardillos, espárragos ó alcauciles, que luego vendía; ora se encargaba de vender zorzales, anguilas ó zancas de ranas, que otros cazaban ó pescaban. Más entrado en años, esto es, de diez á catorce ó quince, iba á escardar ó á coger aceitunas, y hasta llegó á cuidar de una piara de cerdos. En este último oficio le conoció su tío, el famoso cura Fernández, una de las mayores glorias del lugar.

La guerra de la Independencia había terminado; nuestro deseado Fernando VII reinaba ya, y el cura susodicho se reposaba sobre sus laureles y había depuesto las armas, después de haber sido, durante cinco ó seis años, en la serranía de Ronda, y por casi toda la extensión de las provincias de Córdoba y Málaga, caudillo animoso de una cuadrilla de patriotas, que los franceses apellidaban brigantes.

El cura Fernández había sido y era el clérigo más jaque, campechano y divertido de que puede jactarse Andalucía. Tocaba con primor la guitarra, cantaba como nadie la caña y el fandango, y tenía la corpulencia y los puños de un jayán. Nadie le había vencido jamás ni en tirar á la barra, ni en luchar á brazo partido, ni en pulsear, ni en poner los labios en el borde de una tinaja de 160 arrobas de vino, bien llena, y rebajarla medio dedo ó uno, sin que ni la cabeza ni el estómago padeciesen. Hablaba caló con primor, tenía una conversación muy amena, y contaba mil chascarrillos graciosos.

No se crea, sin embargo, que era un cura inmoral é ignorante. Si era un Viriato de sotana, bajo las apariencias de bandolero había en él un fervoroso católico, un buen sacerdote y un humanista, teólogo y filósofo muy instruído. Hablaba latín con la misma facilidad que castellano, aunque todo con ceceo y acento andaluces. Era terrible en las controversias, argumentando en materia y en forma, como ninguno de su tiempo; y, aunque tomista y escolástico, conocía el movimiento filosófico de los últimos siglos, desde Descartes hasta Condillac, y los más recientes sensualistas y materialistas franceses, á quienes refutaba.

Acabada la guerra, el cura Fernández, que aun no era cura, aunque le llamaban así, se retiró á Archidona, donde daba lecciones de Latín y de Filosofía, auxiliando más bien que compitiendo con los escolapios. El Obispo de Málaga fué por allí á hacer su visita pastoral; y si bien había sido compañero de seminario de Fernández, fijó poco en él su atención. Fernández no se picó, conociendo que las preocupaciones y cuidados del Obispo tenían la culpa de todo; pero, como era chancero y alegre, quiso embromar á su antiguo condiscípulo, proporcionándose también ocasión de tener con él una larga entrevista. Cuando el Obispo salió en coche de Archidona para proseguir su visita, ya el cura Fernández había salido y le estaba aguardando en la Peña de los Enamorados. Iba el cura con traje de campo muy majo; se había puesto unas patillas postizas de boca de hacha, y llevaba como acólito á un foragido, á quien con sus amonestaciones había traído á mejor vida, alcanzando su indulto. El foragido, ya con esta jubilación, se empleaba en hacer de ángel; esto es, en acompañar á viajeros tímidos ó inermes, á fin de salvarlos en cualquier mal encuentro que en el camino se les ofreciera.