Tanto el cura Fernández como su compañero iban en esta ocasión para poner miedo en los pechos más valerosos: ambos á caballo y con sendos trabucos.

Salieron, pues, de improviso al camino, cuando pasó el coche de su Señoría Ilustrísima; desarmaron con rapidez á los dos escopeteros que iban custodiándole, y el ángel dijo con buenos modos al Obispo que echara pie á tierra. Obedeció el santo varón y bajó con su secretario, aunque bastante atribulado. Extraordinaria fué su consolación y grande su contento cuando el cura Fernández se quitó las patillas postizas y procedió á la anagnórisis ó reconocimiento, mostrándose como condiscípulo afectuoso y lleno de respeto, que sólo deseaba echar un filete á la amistad y tener un rato de palique. Llevó el cura al Obispo á una especie de tienda de campaña que á un lado del camino tenía preparada, y allí le regaló con rosoli y mistela, con bizcochos y mostachones, y con rosquillos de Loja, que son los más delicados que se comen.

Estuvo tan discreto el cura Fernández, lució tanto en la conversación y dijo tan buenas cosas, así de filosofía como de teología, que el Obispo salió encantado y halló agradable hasta el susto que había recibido.

Pronto, con la protección del Obispo, llegó el cura Fernández á ser cura en Málaga, en el barrio del Perchel, donde tenía feligreses muy á propósito para que él los catequizara, y ovejas levantiscas que bien requerían pastor de sus hígados y arrestos.

Siendo cura en Málaga, vino Fernández á Villabermeja á ver á los de su familia y á respirar los aires patrios. El sobrino porquerizo le pareció despejado y apto para cualquier cosa, y llevósele á Málaga consigo. No se engañó el cura. Su sobrino aprendió á escape cuanto él sabía y más, así de música como de gimnástica, esto es, así de ejercicios corporales como de ciencias y letras. El cura Fernández estaba embelesado de transmitir con tanta prontitud su saber y de ver qué sobrino de tanto mérito era el suyo, por lo cual quiso que se hiciera clérigo, seguro de que llegaría á obispo cuando menos; pero D. Juan no tenía vocación y declaró repetidas veces que no le llamaba Dios por dicho camino.

Toda su pasión era ver mundo y buscar aventuras, recorriendo tierras y mares. Merced al influjo del tío, entró, pues, en el colegio de San Telmo, donde, á los cuatro años, salió consumado piloto.

Las navegaciones de D. Juan, durante largo tiempo, compiten con las de Simbad, y si, como sospecho, él las tiene escritas, serán libro de muy sabrosa lectura el día en que se publiquen. Por ahora sólo importa saber que, habiendo llegado D. Juan Fresco, en Lima, al apogeo de su reputación, fué nombrado capitán de un magnífico navío de la compañía de Filipinas, que debía hacer varias expediciones á Calcuta con ricos cargamentos. Había entonces piratas en los archipiélagos de la Oceanía. La tripulación del navío era harto heterogénea y nada de fiar; los marineros, malayos; chinos los cocineros y calafates; el contramaestre, francés; inglés el segundo, y sólo cuatro ó cinco españoles. Con esta torre de Babel ambulante y flotante, hizo D. Juan tres viajes felices á las orillas del Ganges, donde, mientras se despachaba el navío y se preparaba y cargaba para la vuelta, vivió como un nabab, yendo en palanquín suntuoso, servido por lindas muchachas, querido de las bayaderas, cazando el tigre sobre los lomos de un elefante corpulento, y siendo agasajado por los más poderosos comerciantes de aquella plaza opulenta, emporio del extremo Oriente.

Como, á más de un sueldo crecido, tenía derecho á llevar una gran pacotilla, D. Juan acertó á hacer su negocio, y á la vuelta á Lima de su tercer viaje se encontró millonario.

La independencia del Perú le obligó á escapar de aquel país con otros muchos españoles; pero, en vez de volver á Europa, se quedó en Río Janeiro, donde abrió casa de comercio. Cansado, por último, de vivir en tierras lejanas, volvió D. Juan á Europa; y después de viajar por Alemania, Francia, Italia é Inglaterra, el amor del suelo nativo le trajo á Villabermeja, donde yo le he conocido y tratado.

Ha comprado cortijos y olivares y viñas, y está hecho un hábil labrador. Nadie descubrirá en él al antiguo y audaz marino. Apenas habla de sus viajes y aventuras.