—¡Vete, vete, vete!—dijo la mujer con acento lastimero á par que iracundo.

D. Faustino iba á irse, obedeciendo á aquella voz imperiosa; pero, de pronto, la mujer le echó los brazos al cuello. Sintió el Doctor sobre su rostro su aliento juvenil. Luego, la impresión de un beso sobre cada uno de sus párpados.

Tuvo un momento de aturdimiento y de ceguera. Al volver en sí, la mujer ya se había apartado de él y se había ido por la puerta del fondo, cerrándola con llave.

La vieja estaba al lado del Doctor.

—Cumpla V. su palabra, señor caballero—dijo la vieja.—Sígame V., le dejaré en el mismo sitio en que nos encontramos.

D. Faustino vió que era inútil toda súplica y toda averiguación. La vieja le recordaba su palabra de honor empeñada, y no tuvo más remedio que cumplirla, siguiendo á la vieja.

Ella le llevó por otras calles, dando rodeos, adrede sin duda para desorientarle. Al cabo le dejó casi á la puerta de la casa de Doña Araceli.

X.