—¡Escucha, Faustino! Perdóname que te hable así, que te llame por tu nombre... ¡Hemos sido tan íntimos!... ¡Nos hemos amado tanto!...
El Doctor miró con la mayor atención las hermosas facciones de aquella mujer, y llegó á creer que las recordaba; pero de un modo tan confuso, que no acertaba á decirse en qué ocasión las había visto. Aun despertaba más en él confusos y perturbadores recuerdos el metal sonoro y simpático de su voz femenina.
—¡Escucha, Faustino!—repitió la mujer.—Ya te lo escribí. Ahora te lo digo. Yo no debo ser tuya en esta vida mortal; pero quería verte y hablarte una vez sola antes de que nos separásemos para siempre. Un destino cruel, horrible, me condena á huir de tí... Ama á esa joven. ¡Dios quiera que sea digna de tí! ¡Dios te haga dichoso!... ¿Me concederás una gracia?
—Pídeme lo que quieras,—dijo el Doctor, pensando si estaría con una loca, sospechando aún si sería todo aquello una burla, y recelando á veces si él mismo estaría soñando ó delirando.
—Dame, como memoria tuya—dijo la mujer,—un bucle de tu pelo rubio.
Apenas lo dijo, se acercó al Doctor, que estaba turbado y sin saber lo que le pasaba, y le cortó un bucle con unas tijeras que tomó de la mesa.
Todo esto fué más breve que el tiempo que tardamos en referirlo.
—Ya me has visto de nuevo—prosiguió la mujer.—No te olvides de nuevo de mí... Si algún día eres desdichado, llámame y acudiré á consolarte. Hoy eres dichoso y no me necesitas... Dímelo con sinceridad. ¿Amas á Doña Costanza?... Responde lealmente; responde como debe responder un caballero.
El Doctor, así interpelado, no pudo menos de contestar:
—Amo á Doña Costanza.